La voz sombra
Ryōko Sekiguchi
Editorial Periférica
2024
104 páginas
En La voz sombra, Ryōko Sekiguchi compone un breve ensayo fragmentario sobre el duelo, los restos y la extraña supervivencia de la voz. No le interesa la muerte en abstracto ni tampoco elaborar una elegía sentimental, sino pensar qué clase de presencia persiste en aquello que una grabación conserva cuando el cuerpo ya ha desaparecido. A partir de ahí, Sekiguchi se detiene en una cuestión muy precisa y concreta: qué ocurre con la voz de quien ha muerto, qué resto deja en el mundo, qué forma de presencia persiste en ella cuando el cuerpo ha desaparecido.
Lo admirable del libro es que Sekiguchi no convierte esa idea en una sentimentalidad fácil. La voz no aparece aquí envuelta en ningún prestigio nebuloso. No pertenece al orden del alma ni de la revelación. La autora insiste en su carácter concreto, y esa es una de las palabras decisivas del ensayo. La voz es concreta porque toca el oído, porque atraviesa el espacio, porque se manifiesta físicamente. Tal vez por eso desconcierta más que una imagen. Una fotografía todavía puede ser reabsorbida por el entendimiento. Sabemos que muestra un instante detenido, una porción de tiempo ya fijada y sometida a la distancia. La voz grabada produce otra clase de experiencia. Cada vez que surge, lo hace en presente. No da la impresión de remitir a un pasado. Comparece. Irrumpe. Se instala en el ahora con una terquedad que altera nuestra percepción del tiempo.
Ahí reside uno de los mayores aciertos del libro. Sekiguchi ha comprendido que la voz no funciona únicamente como huella. Funciona también como una anomalía temporal. La voz de quien ha muerto no es la persona, desde luego, ni tampoco una parte de ella que pudiera recomponerse como se juntan restos dispersos. Y, sin embargo, conserva algo de un orden muy particular. En uno de los pasajes más intensos del libro, la autora sugiere que la voz es la encarnación del presente de esa persona. La fórmula es exacta y rara. Desplaza por completo la cuestión. No estamos ante un objeto que evoque a alguien ausente, como podría hacerlo una prenda, una carta o una fotografía. Estamos ante una presencia conservada en forma sonora, ante un presente retenido, obstinadamente presente, aunque el cuerpo que lo sostuvo ya no exista.
Por eso, La voz sombra no se limita a pensar la pérdida. Piensa, con una delicadeza infrecuente y fascinante, el modo en que ciertos restos sobreviven a la desaparición y perturban a los vivos. La muerte destruye el cuerpo, pero no arrasa de inmediato con todas sus huellas: algunas permanecen. La letra. El olor. El cabello. Las imágenes. La voz. Sekiguchi ordena esa pequeña arqueología de los restos con una claridad admirable, comparando unas huellas con otras, sopesando su cercanía o su lejanía respecto del cuerpo. Y en ese examen la voz ocupa un lugar singular. Puede decirse incluso que ocupa un lugar escandaloso. Es la única parte del cuerpo que no puede enterrarse. La frase, en su desnudez, contiene buena parte de la fuerza del libro. No se trata de que la voz sea más pura o espiritual que la piel o que los huesos. Ocurre lo contrario. Su persistencia impresiona porque sigue siendo material, porque sigue tocándonos, porque sigue teniendo impacto físico sobre quien la escucha.
En ese punto el ensayo alcanza una densidad extraña y muy precisa. Lo que la voz conserva no es solo una identidad reconocible ni un timbre inconfundible. Conserva una actualidad. De ahí que la escucha de una voz grabada resulte a menudo más perturbadora que la contemplación de una imagen. Roland Barthes vio en la fotografía la prueba de que alguien estuvo ahí, la marca melancólica de un «esto ha sido». Sekiguchi, sin discutirlo de manera explícita, parece llevar la reflexión a otro terreno. La voz no se limita a certificar que alguien existió. Hace algo más incómodo. Hace sentir que, en cierto modo, todavía está ocurriendo. No devuelve simplemente el pasado. Lo reproduce como presente acústico. Y eso hiere de otro modo.
También ahí el libro se distancia de la tradición proustiana de la memoria sensorial. En Proust, un sabor o un aroma rescatan de pronto una zona dormida del pasado y la devuelven a la conciencia en todo su espesor. En Sekiguchi, la voz no despierta tanto el pasado como lo retiene en una actualidad intacta. No abre una corriente de reminiscencia. Impone una coexistencia violenta entre dos tiempos. Por una parte, el del vivo que escucha desde su presente frágil e inestable. Por otra, el de esa voz que sigue sonando en un presente que no envejece. El libro acierta al nombrar ese cruce como una alteración. Escuchar una voz conservada es sufrir una alteración temporal. Algo en nuestro modo de habitar el ahora se descompone.
La prosa de Sekiguchi está a la altura de esa intuición. Es una escritura fragmentaria, breve, insistente, compuesta por tanteos, repeticiones leves, variaciones sobre un mismo núcleo. Podría parecer un procedimiento frágil o demasiado aéreo, pero aquí responde con exactitud a lo que el libro piensa. El duelo no avanza de forma lineal. Vuelve, corrige, rodea, recae. La reflexión tampoco. Por eso la forma fragmentaria no es un adorno ni una pose ensayística. Es la forma justa de una meditación que sabe que ciertos asuntos no se resuelven, apenas se merodean. Sekiguchi escribe sin dramatizar la pérdida ni forzar la emoción. No explota la intimidad, no la dramatiza, no convierte su materia en espectáculo confesional. Hay emoción, desde luego, pero trabajada con contención y con inteligencia.
Tal vez por eso conmueve tanto. No porque acumule escenas dolorosas o frases memorables, aunque la mayoría lo sean, sino porque ha encontrado un punto de verdad muy concreto y lo ha pensado hasta el fondo. Vivimos rodeados de voces registradas. Contestadores, audios, vídeos, emisiones de radio, mensajes guardados en dispositivos que llevamos en el bolsillo. Sin embargo, casi nunca nos detenemos a pensar qué clase de supervivencia produce todo eso. La voz sombra se instala exactamente ahí. Interroga esa nueva condición de los muertos, o quizá habría que decir de sus restos, en una época en la que la técnica conserva más de ellos que nunca y, al mismo tiempo, no alivia la pérdida. A veces incluso la vuelve más compleja.
Hay otro rasgo que vuelve notable este libro. Su materialismo delicado. Sekiguchi no espiritualiza la ausencia. La baja a la tierra, a los objetos, a los órganos, a las ondas sonoras, al roce entre cuerpo y memoria. Cuando compara la voz con el olor, con la mirada, con los cabellos o con la escritura, no lo hace para construir una poética difusa de la huella, sino para precisar qué conserva cada una y qué no puede conservar. Ese cuidado analítico salva al libro de la vaguedad. La autora no trabaja con grandes abstracciones, aunque el asunto las invite. Trabaja con restos. Con soportes. Con percepciones. Con la experiencia concreta de escuchar una voz que ya no debería seguir ahí y, sin embargo, sigue.
No todo en el libro tiene la misma intensidad. En algún momento su lógica de aproximaciones sucesivas roza una cierta reiteración, como si la autora prefiriera mantenerse siempre en la zona de la variación antes que forzar un movimiento más brusco. Pero incluso ese límite forma parte de su identidad. La voz sombra no quiere imponerse. Quiere quedarse resonando. Y lo consigue. Pocos libros breves dejan una estela tan persistente.
Al terminarlo, uno comprende que Sekiguchi no ha escrito una elegía en el sentido habitual del término. Ha escrito algo más sobrio y singular. Una meditación sobre la parte no enterrable del cuerpo. Después de sus páginas, ya no se escucha igual una grabación antigua, ya no se oye igual la voz de alguien que falta. En ella no permanece solo un recuerdo ni una reliquia afectiva. Permanece una forma del presente. Y acaso esa sea la verdadera herida que el libro examina con tanta precisión. No que los muertos hayan desaparecido del todo, sino que algo de ellos, algo material y audible, aún se resista a terminar de irse.
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Jean Pierre Quiroz [Ecuador, 1997] reside en Ibiza desde los tres años, isla a la que se siente profundamente ligado y en la que ha desarrollado su trayectoria en torno al libro y la cultura. Durante siete años formó parte de la Librería Hipérbole, donde impulsó presentaciones y encuentros con autores. Además, ha dirigido recitales poéticos, clubes de lectura y exposiciones de fotografía y pintura. Actualmente, colabora con el grupo editorial Melqart Media y escribe en la agenda cultural Ibiza-Click.com. Ha publicado los libros Antiqua (NOA Ediciones, 2016) y Tanto que contar (Editorial Seleer, 2018).

