Los colores de la infancia, de Patricia Colchado | Carlos Fuller Maúrtua

I
Antes de empezar1, una digresión. Me gustaría poner sobre la mesa algunas ideas planteadas por la escritora chilena Andrea Jeftanovic, una estudiosa de la literatura sobre la niñez, además de autora de relatos demoledores que transcurren en ese territorio. Dicha autora se refiere a narradores-niño2, pero sus ideas se podrían aplicar a universos narrativos infantiles en general. Sostiene que hablar de textos literarios escritos «desde la infancia» implica hablar de un cierto mirar «desde abajo». En contrapicado, si lo ponemos en términos cinematográficos. No solo por una cuestión física (teniendo en cuenta que el niño es un sujeto bajito), sino también por una cuestión de poder. Dice Jeftanovic que, al hablar de niños, nos encontramos frente a sujetos en situación de subalternidad; con una «nula o una escasa injerencia en asuntos familiares, sociales y nacionales». Situados, por tanto, al margen. Son sujetos que ven el mundo «a la altura de las rodillas de los adultos». Sujetos que —propongo una variante de la metáfora— ven la mesa familiar desde el banquito de la esquina, con los ojos al nivel del borde de la mesa; al tiempo que los grandes discuten sus asuntos de grandes, descartando las opiniones de los niños por ser cosas de niños. Sin embargo, y he aquí lo interesante del planteamiento de Jeftanovic, cuando hablamos de obras literarias que narran «desde la infancia», lo valioso está, justamente, en ese mirar «desde abajo». Observar el mundo desde los ojos de un niño implica una mirada desde la periferia. Y en esa perspectiva se encuentra mucha de su fuerza.

Creo que varios de los relatos de Los colores de la infancia de Patricia Colchado pueden ubicarse dentro de estas coordenadas. No todos, claro, es un libro que se dispara en múltiples direcciones: hay historias sobre el amor y la imposibilidad del amor, hay historias sobre la familia, la amistad y la pérdida. Más allá de la cuestión argumental, en algunos de ellos encuentro un afán por ponerse al nivel del niño, o del niño que está a puertas de dejar de serlo, para mirar las cosas desde su perspectiva. Quizá el texto donde esta impronta se hace más evidente es “Susurros en el huerto”, el tercer cuento de la colección. En él, seguimos a Octavio y a su amigo Guillermo en sus incursiones al huerto de la parroquia, un lugar de acceso prohibido para los niños y del que se decía que estaba habitado por duendes. No mencionaré qué es lo que estos niños encontraron en el huerto. Lo que sí puedo decir es que fue un acto abominable. Y que la respuesta de uno de los adultos al enterarse de lo sucedido fue callar al niño que daba la noticia con una bofetada.

Ante la falta de acción de los adultos, ellos deciden tomar venganza por sus propios medios. Dice el niño Guillermo, furioso, sobre el perpetrador de la afrenta: «Lo agarraremos a pedradas, a patadas y a palazos hasta que salga Satanás de su cuerpo». Y él mismo nos muestra su impotencia frente a ese mundo mal creado por los adultos. «¡Algún día se hará justicia!», dirá poco antes del desenlace.


II
Hablemos de ese mundo creado por los adultos, que es el telón de fondo de muchos de estos relatos. Un mundo siempre al borde de la crisis, que está apenas sostenido. En el relato “La infancia es un trompo de colores bailando” seguimos a Lucía, quien muestra esa resistencia a aceptar los propios sentimientos tan propia de la preadolescencia. En lugar de decir lo que siente por Diego, su compañero de carpeta, prefiere competir con él para ver quién tiene las mejores notas. La situación cambia cuando el director de su colegio decide no sumarse a una huelga magisterial, lo que provoca que el sindicato de profesores decida arrojar bombas lacrimógenas y piedras al edificio; en medio del caos, Diego abraza a Lucía para hacerla sentir a salvo y desde ese momento fluyó «una especie de corriente entre ellos, como la electricidad que circula por dos cables». Más adelante, en ese mismo cuento, los dos tienen su primera cita fuera del colegio, en un local de juegos electrónicos a donde van a jugar Street Fighter. En medio de patadas voladoras de Chun-Li, reclamos de piconería y chapadas, ocurre un apagón, algo aparentemente usual en este lugar. A pesar de su fortaleza y su imagen de chica indoblegable, Lucía tiembla. «No te preocupes, yo te acompaño hasta tu casa», le dice Diego. Y en el camino él le dice que ojalá su madre haya recordado comprar velas, de lo contrario no podrá estudiar para el examen. Colchado no nos dice el año exacto en el que transcurre su relato, pero nosotros, sus lectores, entendemos el guiño a esa época de apagones y terror a la luz de las velas.

El Perú está muy presente en estos cuentos. Está la Lima del Jirón de la Unión y del bar Múnich, pero también está Áncash, con sus retablos, con sus púlpitos, con sus fiestas y sus danzas de Pallas. Quizá el relato que hace la referencia más explícita al contexto político y social del Perú sea “El color verde del arcoíris”, el cual tiene como protagonista a Pachita, una madre que se dedica a confeccionar trajes de palla y que, en palabras de su hijo Inti, es una artista. «Tus manos bordadoras son benditas», le solía decir él cuando estaba vivo. Desde el inicio sabemos eso: que Inti ya no se encuentra más en la constelación familiar. De hecho, este relato no está narrado por ninguno de los dos protagonistas, sino por la hermana pequeña, que ocupa el lugar de testigo de lo ocurrido (otra vez ese mirar periférico del niño). Desde su perspectiva, vemos a la familia atravesar una pandemia; vemos a Pachita haciendo mascarillas bordadas que, luego, Inti reparte en motocicleta. Vemos a la familia salir a salvo de la peste para, luego, encontrarse con el desastre orquestado por los políticos de turno. «¡Sarta de gallinazos! ¡Hasta cuándo nos van a tener así!», renegaban madre e hijo al ver las noticias. Y vemos el paso de la indignación a la protesta con la llegada de un golpe de Estado del Congreso y con el ascenso de un gobernante no nombrado e igualmente innombrable.

Como suele ocurrir en literatura, este caos nacional, muchas veces, tiene una impronta social e, incluso, familiar. Lo público tiene injerencia en lo privado. Es algo que se puede ver en varios de los cuentos de este libro, que suele presentar familias fracturadas de alguna manera, familias que buscan curarse de alguna vieja herida. A veces lo logran, a veces no. En “Scherezadas”, el segundo texto de la colección, la niña Tamia vacila entre el caos del mundo que habita —el Perú del terrorismo y las colas para recibir leche ENCI— y el que ocurre dentro de casa. «No sabía si le aterraban más los apagones o las constantes peleas de sus padres», se dice en la primera oración del cuento. Y, más adelante, ella detalla ese terror: «Parecía que, en la oscuridad, sus padres tenían más ganas de insultarse y lastimarse. ¿Miedo a fantasmas y a brujas? No, cada vez que peleaban sus padres se convertían en los monstruos más horripilantes». El refugio que encuentra frente a esos «monstruos horripilantes» es una amiga Danae, con quien se escondía en un quiosco del patio de su escuela para jugar «a la mamá y a la hija». Este vínculo es, de pronto, frustrado por una tercera niña, Ana, que las descubre y las denuncia ante los adultos porque «se estaban dando besos» y esas cosas «no se hacen».


III
Subrayo este último aspecto: el niño o el preadolescente como un sujeto dueño de una complejidad, de un mundo interno. No inocente e impoluto, sino deseante, perverso por momentos, irreverente e incorrecto. Creo que un texto que enfatiza esta dimensión es el último, “Los árboles de Liria”. Desde la primera línea, la narradora de la historia nos comparte una confesión: «A mis trece años me sentí por primera vez atraída por un ser del sexo opuesto». Su deseo está puesto en Adriano, un muchacho bastante mayor que ella (bordeaba los 18 años) con quien se suele cruzar en el patio de la escuela de ballet en la Casona de San Marcos. La relación entre estos dos jóvenes es rápidamente frustrada por la maestra: «Cuidado con acercarte a alguna de mis alumnas, son muy pequeñas y yo sé muy bien de qué pie cojeas», le advierte.

Esto no impide que el vínculo continúe. Pronto, se vislumbran las esquinas más oscuras del personaje Adriano. Mientras tanto, Liria, nuestra narradora, nos empieza a mostrar sus contradicciones internas. Si bien en un inicio se deja llevar por el deseo, muestra un inmediato rechazo en cuanto nota que el vínculo con este muchacho mayor que ella puede derivar en algo cercano al amor. «No quería ser responsable de ningún amor, no quería tener en mis manos esa bola poderosa como alguna vez la tuvo mi padre y la convirtió en una burbuja que fácilmente se podía romper», nos cuenta. Nuevamente, un personaje heredero de una herida antigua, intentando eludir esos «monstruos horripilantes» que había en casa. Pero, también, un sujeto de sentir complejo. Un menor con agencia, matices y zonas oscuras que nos muestra las cosas desde su perspectiva.
  1. Una versión de este texto se leyó durante la presentación de Los colores de la infancia en marzo de 2026. El libro fue publicado por Hipatia Editores. ↩︎
  2. Los conceptos referidos se encuentran en “Hablan los hijos. Discursos y estéticas de la perspectiva infantil en la literatura contemporánea”, escrito por Andrea Jeftanovic en coautoría con María José Navia, María Belén Pérez y Lucía Sayagués. ↩︎

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Carlos Fuller Maúrtua [Lima, 1990] es escritor, periodista y docente. Máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y Máster en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de la novela Caen los colibríes (Colmillo Blanco, 2021) y co-autor del libro de crónica y fotoensayo Casa de Todos: rostros de la calle en Plaza de Acho (Editorial UPC, 2020). Sus textos de ficción y no ficción se han publicado en revistas como Ojo Dorado, Soho, Quimera Revista Literaria, Revista Mercurio, y en antologías como Nuevas Emergencias (Candaya, 2023).