Raíces poco profundas | Giorgio Stojnic Dekovic

Los Dekovic eran la antítesis de los Stojnic1. Mientras los segundos eran un torrente tumultuoso de montaña, los primeros eran un plácido remanso. Rebeldes, contestatarios, neuróticos, e inclinados a llegar con facilidad a los golpes, pero sensibles; los segundos, sencillos, pacíficos, resignados con la suerte que le había deparado el destino, y más bien apáticos, si no fríos, los primeros.

Una dosis adecuada de orgullo y amor propio es positiva y fortalece la personalidad, pero los Stojnic la tenían en exceso, mientras que, desde mi punto de vista, los Dekovic eran deficitarios en ese aspecto. Incluso físicamente eran diferentes: altos y de cabellos oscuros los Dekovic, de baja estatura y cabello claro los Stojnic.

Eran exclusivamente agricultores, y su lugar de residencia, sigue siendo el mismo, desde fines del siglo XIX, una aldea de unas 15 casas llamada también Dekovic, que es el lugar donde nací. Todos los habitantes, a pesar de no estar emparentados entre sí, llevaban el mismo apellido. Está ubicada al final de un tupido bosque, unido al pueblo de Vilanova, ahora Nova Vas, por una estrecha carretera afirmada, bordeada por ambos lados de árboles, no muy altos, aunque tupidos, que forman una pared verde que llega hasta el mismo filo a ambos lados de la carretera, lo que le da un encanto especial durante el día. Por la noche, alumbrada por los faros de los vehículos, presenta un aspecto más bien fantasmagórico. La distancia de Dekovic a Parenzo es casi la misma que desde Valeta.

Sin ser ricos ni mucho menos, los Dekovic eran considerados los más acomodados de la aldea y la familia estaba conformada por Barba2 Jure, el patriarca, a quien creí mi abuelo, hasta que, de adulto, madre me contó que no, que era hermano de mi verdadero abuelo, y que a la muerte de este se casó con la abuela, su cuñada. Usaba unos bigotes tipo manubrio, era una persona seria, serena, respetada por la comunidad y cuando surgía alguna discordia en la aldea recurrían a él en busca de consejo y, en última instancia, como parte dirimente.

Dos eran los hijos hombres: Paolo y Natale —conocido por todos como Nadalin—, y cuatro hijas mujeres. La menor, Rosa, murió a los 17 años a raíz de una rodada por la escalera, estaban también madre, Maria y Giovanna. Todos hijos del primer matrimonio, aunque siempre sospeché que Rosa era hija de Barba Jure, pregunta que por cierto nunca le hice a madre, pero cuando me contó la verdadera historia, tuve la sensación de que lo hizo como quien se sacaba un peso de encima. Me pareció notar en ella un cierto sentimiento de vergüenza, como si se tratara de un hecho pecaminoso.

Tía Giovanna tenía un parecido físico asombroso con madre, e incluso el timbre de voz era muy similar. La primera vez que estuve en Trieste me hospedé en su casa por unos días, para luego pasar a la casa de su hija Lavinia, donde me hospedaría en todos mis siguientes viajes, que fueron cuatro o cinco en total. Tanto con ella, como con su esposo Toni, hicimos excelentes migas y todas las veces que estuve en su casa fui tratado a cuerpo de rey. Incluso, en el año 1998 cuando viajé con Olga3, a pesar de nuestras protestas, nos cedieron el dormitorio matrimonial y ellos se acomodaron, uno en la sala, y el otro en un pequeño dormitorio.

Estando en Suiza en un viaje de trabajo decidí darme un salto a Trieste y darle una sorpresa. Habían pasado cinco o seis años desde que estuve allí por última vez y, sin previo aviso, toqué el timbre de su departamento. Se asomó a la ventana del segundo piso y su único comentario al verme fue: «¡Vete a la mierda! Eres tú». Me pareció una recepción de lo más fría e inesperada y, de inmediato, me arrepentí por no haberle anunciado mi visita con anticipación. Al abrirme la puerta, con la mayor naturalidad del mundo, me comentó Toni está en Istria y regresará en unas horas, y con la misma soltura pasó a describirme un accidente de tránsito que había presenciado unas horas antes.

Dos días después, cuando a las seis de la mañana me dejaron en la estación del tren, al despedirnos, lloraba desconsoladamente. Este incidente de alguna manera revindicó a Mariucci, quien quizá no era tan indiferente como me pareció en su momento. Tal vez la manera de expresar sus sentimientos era diferente a la mía. No tengo ninguna duda del aprecio que siente Lavinia por mí, que por otra parte es mutuo, y seguimos comunicándonos de forma esporádica por teléfono, es su forma de ser, que no tiene nada que ver con sus afectos. Una vez cuando la llamé por teléfono intenté jugarle una broma. Cambiando de voz, pregunté «¿La señora Lavinia?» Escucha Giorgio, ayer fui al médico y… No intenté hacerle bromas de nuevo.

La casa construida en piedra, típica de Istria, era sólida, de dos pisos, con un zaguán para almacenar los granos, amplia bodega para las barricas de vino, infaltable en todas las comidas, establo donde pernoctaban los animales; dos o tres bueyes, una vaca para la leche, gallinas, pavos, patos, y cerdos. Bordeaban la casa algunas construcciones menores para guardar arados y herramientas de labranza, y toda la propiedad estaba rodeada por un muro de piedra de algo más de dos metros de altura y, al centro, un patio inmenso, cuyo perímetro debe ser más o menos el equivalente a tres cuartos de manzana.

El cerdo era vital para la sobrevivencia y se engordaba todo un año para ser sacrificado poco antes de Navidad. Su cantidad y tamaño daban una pauta de la situación económica de la familia. Los más pobres no tenían cerdo algunos años y lo normal era sacrificar uno. Los Dekovic normalmente engordaban a dos. Se trataba de animales inmensos de más de 200 kilos, que habitaban en un espacio muy reducido. Se les alimentaba con frutas, hortalizas y verduras cocidas y, en vísperas de ser sacrificados, difícilmente podían moverse. El día en que se los mataba era una fiesta y todos los vecinos iban a colaborar, de paso se llevaban un trozo de carne y disfrutaban de una buena comilona. Ese día, para los niños abundaban los filetes de lomo a la brasa que comíamos hasta hartarnos. Del cerdo se producían salchichas, tocino, prosciutto para las ocasiones especiales— por lo general una visita importante— y se extraían grandes cantidades de manteca. Todo eso debía durar hasta la siguiente Navidad.

Al fondo del patio había un jardín con flores de las que recuerdo en particular lirios y rosas, y el centro estaba dominado por un inmenso y frondoso árbol que daba unas frutas pequeñas parecidas a las guindas, si es que eran guindas. Debajo del techo del establo, en primavera, anidaban las golondrinas y un día cuando tendría tres años, imitando lo que hacían los niños más grandes, con un palo derribé uno de ellos. Madre me pescó in fraganti, y me propinó la primera y una de las pocas palizas que creo haber recibido de ella en toda mi vida.

Pero el recuerdo que me quedó más nítidamente grabado es un pequeño hueco cuadrado de unos 40 por 40 centímetros, ubicado en la parte baja del muro que unía el patio con el campo aledaño a la casa. Los niños, durante sus juegos, tenían la costumbre de cruzarlo a gatas ida y vuelta, una y otra vez, lo que parecería que les producía un placer especial. En ese entonces tendría poco más de dos años y, estúpidamente, los imitaba, porque cada cruce constituía una verdadera pesadilla, ya que me producía un pánico tal como no estoy seguro de haber vuelto a sentir en vida. Ignoro cuál era el objeto de ese forado, que era demasiado pequeño para que pasara una persona adulta. La única explicación que se me ocurre es que tenía la finalidad para que los perros pudieran entrar y salir libremente cuando se cerraba el portón por las noches.

La vida del campesino es dura en todas partes del mundo y también lo era para ellos, porque solo había tres hombres, contando a Barba Jure, que en la época de la guerra era un anciano, para arar, sembrar y cosechar una gran extensión de tierras de cultivo, además de otras labores propias del campo. Todos, desde los más pequeños, tenían una tarea asignada. Los menores pastaban el ganado y los pavos, y los mayores trabajaban de sol a sol, lo que en verano significaba una jornada de fácil 14 horas, ya que el sol salía a las cuatro de la mañana y se ocultaba a las nueve de la noche. Las mujeres no solo se dedicaban a las tareas domésticas típicas de cualquier ama de casa, sino que, además, todos los días debían llevar la merienda, a eso de las diez de la mañana, a los hombres que trabajaban en el campo, amasar y hornear el pan, cocinar para los cerdos, alimentar a los otros animales y, en épocas de sembrío y cosecha, trabajar codo a codo con los hombres realizando las mismas tareas que ellos.

Madre contaba que era particularmente agotadora la faena de segar el trigo, labor que se realizaba en pleno verano bajo un sol abrasador, en jornadas que empezaban a las cinco de la mañana para evitar el intenso calor y terminaban a las a las nueve de la noche, con una interrupción de una hora al mediodía. El segado duraba varios días y durante toda la operación permanecían con el torso inclinado. Otra tarea muy dura era la vendimia, que, por un acto de solidaridad, o más bien por ignorancia, pues no tenía la menor idea de en qué me estaba metiendo, me ofrecí como voluntario para colaborar durante mi estadía de diez días en 1981.

Duró tres días. Lo positivo fue que recién empezaba el otoño y el clima era todavía templado y la jornada no fue de 14 horas si no solo de 11. Lo imaginaba como una especie de picnic, donde cortaría racimos y comería uvas todo el día. La realidad fue que al tercer día estaba más muerto que vivo y me hice el firme propósito de que, si algún día regresaba a Dekovic por una temporada más o menos larga, antes me aseguraría de que ya terminaron con la vendimia, y lo pensaría tres veces antes de ofrecerme otra vez como voluntario para cualquier tarea del campo.

Se abastecían del agua proveniente de las lluvias que se depositaba en una profunda cisterna situada frente a la casa, en una especie de glorieta rodeada con macetas de flores y era extraída con un balde unido a una larga cadena que se izaba por un sistema de poleas. En época de sequía, la única fuente de abastecimiento era un lago distante varios kilómetros, donde convergían habitantes de toda la región, en carretas haladas por bueyes llenas de barricas. De esta tarea también se encargaban las mujeres, ya que los hombres no podían darse el lujo de abandonar sus faenas por más de medio día, que era lo que demoraba el trayecto de ida y vuelta.


Los Dekovic eran personas apacibles, predecibles, rutinarias, y contrario a los Stojnic, no pretendían cambiar el mundo. Por lo tanto, no hay grandes anécdotas, ni historias que contar sobre ellos. La única de la familia con carácter fuerte era Maria. Muy alta, debería rondar el metro ochenta, competía y superaba a los hombres en pruebas de fuerza, carreras y saltos. Tanto ella como Giovanna se casaron y se mudaron a Trieste, donde tuvieron hasta su muerte una vida citadina.

Madre se llevaba bien con todos, a excepción de Rosa, de quien decía era envidiosa, y si madre, que yo recuerde nunca tuvo problemas con alguien, lo decía, es porque debía ser cierto. Sin embargo, con el que mejor se llevaba, y era su hermano predilecto, era con Nadalin, de quien solo le escuché palabras de elogio. Recuerdo que caminaba lento y ligeramente encorvado, tenía fama de noble, gran amante de la caza y los perros e incapaz de pelearse con nadie. Murió a fines de los 70, todavía joven y después de su muerte, Mafalda, su mujer, quien aún vive, se convertiría en la matriarca de la familia.

Paolo —de quien más me acuerdo, pues lo volví a ver de adulto un par de veces al igual que a Giovanna— era el típico campesino. Sencillo, sin mayores ambiciones, muy religioso, aunque algo egoísta y susceptible. Se dedicó toda su vida a cultivar la tierra, aunque cuenta madre que siempre se las ingeniaba para zafar el bulto y dejarle el trabajo más pesado al noble Nadalin. Cuando no tenía ganas de trabajar, optaba por tomar purgante, que, por lo describía madre, en aquellos tiempos equivalía casi a un parto, ya que el que ingería dicha pócima se hacía merecedor a un trato preferencial, que incluía un día de cama y caldo de gallina.

Haciéndose pasar por sordo se las arregló para evadir el servicio militar y con la misma triquiñuela se salvó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando lo reclutó un grupo de partisanos provenientes de otra zona, que no lo conocían. Le entregaron un fusil y se lo llevaron a los montes. A los dos días lo devolvieron convencidos que estaba más sordo que una campana.

En un viejo baúl que cerraba celosamente con candado guardaba lo que para mí constituían tesoros, monedas, pequeñas herramientas y otras curiosidades que, de vez en cuando, abría para enseñarme, lo que era un verdadero regalo para los ojos y, al mismo tiempo, me generaba un sentimiento de envidia, porque entre todas esas curiosidades había una multicolor colección de cortaplumas. Con poseer una sola de ellas me habría sentido absolutamente feliz.

Durante mi estadía en Dekovic, ya de adulto, le pedí que abriera el baúl. Seguía siendo el mismo que recordaba y los cortaplumas, probablemente los mismos de mi niñez, seguían allí. Sacó un pequeño martillo que todavía conservo y me lo regaló, contándome que ese había sido el primer juguete que tuve en mi vida y que padre lo había mandado forjar para mí.

Se casó pasados los 50 años, con Ljuba, a quien escasamente conocía, y el matrimonio fue arreglado con sus parientes. Era la mujer más fea que he visto en mi vida, pero al mismo tiempo una de las personas más sencillas y bondadosas que jamás he conocido.

De los Dekovic fue el que tuvo la vida más dura y difícil. Su único hijo estuvo en capacidad de colaborar en las tareas del campo cuando él era un hombre de cerca de 70 años. Para colmo de males se las arregló para enemistarse con el pacífico Nadalin, quien era el único que podría haberlo ayudado, ya que a pesar de tener un solo hijo hombre y tres hijas mujeres, tenía yernos, y una nuera que trabajaba por tres hombres, quienes podrían haber aliviado su carga.

Por los años 50 hicieron la separación de bienes y la casa se dividió en dos, el ala derecha para Nadalin y el izquierdo para Paolo. A raíz de esta repartición surgió entre ellos una discrepancia por parte de la propiedad, motivo por el que no se dirigieron la palabra por 25 años, y no lo hubieran hecho por 50 más si Nadalin hubiera vivido lo suficiente.

Siempre me imaginé, que el motivo del malentendido se debía a una gran porción de tierras, hasta que durante mi visita pude comprobar in situ de qué se trataba. Un día me acordé del tema y le pregunté, tío Paolo, sé que estuvieron peleados con tío Nadalin por 25 años por un asunto de herencia, me gustaría conocer cuál fue la propiedad que causó este distanciamiento. Apenas tuvimos que recorrer unos pocos pasos para conocer la manzana de la discordia.

Se trataba de una especie de choza de unos tres metros de largo, por escasamente uno y medio de ancho, cuya única pared era el muro perimetral de la propiedad, con un techo de paja donde se guardaban arados, palas, picos, y otras herramientas de labranza. La choza apenas ocupaba el l % del área del patio. Cuando me recuperé de la sorpresa, le dije, ¿por esta porquería no se hablaron por 25 años? En tres horas pudieron construir una igual al costado y asunto resuelto. Me dio una larguísima explicación que no llegué a entender y a la cual tampoco presté mucha atención.

Paolo y madre se cartearon con regularidad hasta que él murió, unos cinco años antes que ella, y a raíz que madre perdió la visión casi por completo, le leía sus cartas. Era rara la vez en que no anunciara la muerte de algún conocido y, por lo demás, cada una era casi un calco de la anterior: quién hizo la primera comunión, quién se casó, quién emigró a la ciudad, el resultado de la cosecha, cuántas vacas tenía, incluidos nombres, y religiosamente informaba cuando mataban al cerdo.

Nunca olvidaré la última vez que lo vi. Fue en el viaje en que intenté sorprender a Lavinia y sentí deseos de verlo. Toni, el esposo de Lavinia, una excelente persona, con quien hicimos una muy buena amistad durante las veces que estuve hospedado en su casa, me llevó en su auto. Me había advertido que su situación económica no era buena y antes de partir pasamos por un supermercado donde le compré algunas bolsas de víveres. Cuando llegamos, nos indicaron que estaba en el campo trabajando. Recorrimos el trayecto de cerca de un kilómetro caminando y, al final de una hilera de surcos, «a unos cien metros de distancia», inclinado sobre el arado halado por un buey con los pies hundiéndose en la tierra blanda, avanzando penosamente en nuestra dirección, estaba él.

Era ya un hombre viejo y cansado, caminaba muy lentamente con los ojos fijos en el suelo. De cuando en cuando se limpiaba el sudor de la frente con la manga de la camisa. Lo observábamos en silencio hasta que se percató de nuestra presencia. A Toni lo reconoció casi de inmediato y se le iluminó el rostro de alegría, pero a mí me miraba con curiosidad, porque no terminaba de identificarme. De pronto me reconoció y exclamó «¡ah, dite moi!4». Desenganchó el buey del arado y nos dirigimos a Dekovic. Estaba feliz, no cesaba de hacerme preguntas y le ordenó a Ljuba que sacara el prosciutto. Se trataba de una pierna intacta que guardaba de seguro para alguna ocasión especial y era lo único que podía ofrecemos. La cortó orgulloso, pero el interior estaba lleno de gusanos. Su cara de decepción fue patética, traté de quitarle importancia diciéndole que no se preocupara, que disponíamos de muy poco tiempo, pero sentí una pena inmensa.

Estuve en Dekovic por escasas tres horas, sin embargo, se me ha quedado grabada en la retina la imagen de ese hombre cansado y viejo, que para ese entonces había pasado los 70 años, inclinado sobre el arado bajo un sol abrasador. Pensé en lo dura y estéril que debió ser su vida, realizando las mismas labores desde que tuvo edad y fuerza suficiente para guiar el arado, hasta los últimos días de su existencia. Fue la última vez que lo vi y, al igual que Ciano, dudo que en toda su vida haya llegado más allá de Trieste, que está a unos 60 kilómetros de distancia.
  1. Se refiere a los linajes del autor: Stojnic, por la rama paterna y Dekovic por la materna. ↩︎
  2. «Barba», del serbo croata, adjetivo con el que se denomina en señal de respeto, a una persona mayor y patriarca de la familia. Su traducción es similar a tío, pero con una connotación diferente, con la cual se puede denominar a alguien con quien no se guarda parentesco. ↩︎
  3. Se refiere a Olga Chávez de Stojnic, su esposa. ↩︎
  4. Pequeño mío, en serbo croata. ↩︎


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Giorgio Stojnic Dekovic nació en la ex Yugoslavia el 28 de febrero de 1940 y llegó al Perú entre los nueve y diez años, país donde viviría sus siguientes 73 años. Allí fue hermano mayor, conoció a su esposa Olga, fue padre de tres hijos y abuelo de Julieta. Fue un lector incansable, incluso cuando su vista no lo ayudaba. Hincha acérrimo de Universitario de Deportes y un extraordinario narrador de historias. Falleció a los 83 años como ciudadano croata, sin haber dejado nunca de sentirse yugoslavo. Escribió en Lima sus memorias de infancia, a las que tituló Raíces poco profundas.