Dos relatos de Muttersterben | Michael Lentz

El tío cogía bien, Karl cogía bien, Susanne igual, la abuela también cogía de lo lindo, la tía, papá, mamá, el bisabuelo y la bisabuela igual, los nietos, los sobrinos e incluso los parientes. Eso dio lugar a excelentes prelados, directores de cafeterías, funcionarios de aduana, capuchinos, bellaitalias, mantequilla envasada, humanidad y todo tipo de pasteles. Para Peter eso fue el final, con Peter todo eso acabó. Peter pensaba que coger era ridículo. Él deseaba volverse respetable y declinó del sexo desde el principio. Aquello propició excelentes pistas de bolos, planchas a vapor, poesía y parricidas fortalecidos.

Cuando esa rama de la familia se extinguió la cepa del árbol genealógico de los copuladores se secó y cayó en el olvido, la vergüenza familiar quedó borrada y el brote del árbol de los copuladores, sofocado en su origen, se desvaneció. Klaus salió de casa, cruzó la calle hacia la panadería, de la panadería fue al carnicero, del carnicero al zapatero, del sastre al cerrajero y luego regresó. En casa inventó una maravillosa saga familiar sobre cosas completamente diferentes. Ya que Klaus guarda tanto silencio sobre este tema como si fuera una tumba, les contaremos cómo los pinzones y los herrerillos disfrutan la comida en el comedero para pájaros. Y, de tanto en cuanto, se observa también un pico picapinos adulto, pero eso tampoco aporta mucho. Lo que realmente nos interesa es la historia de un anciano que desmembró a su mujer porque tenía dolor de cabeza. Luego arrastró a su exesposa, poco a poco, es decir, pedazo por pedazo, por la calle hasta los arbustos, donde él deseó que finalmente repose. Entonces, y según una antiquísima costumbre, el anciano arrastró pierna tras pierna y brazo tras brazo del cuerpo de su difunta mujer, desde su casa a través de la calle, hasta llegar a los arbustos. Justo en el momento en que se dispone a llevar la corona de su creación, es decir, la cabeza, hasta donde se encuentra el resto del cuerpo, saliendo de la casa, cruzando la calle hasta los arbustos, sus fuerzas le abandonan. Necesita recobrar el aliento. Primero coloca la cabeza recién cortada en el suelo y se pone en cuclillas. Se encuentra justo al borde de la carretera. No puede más. Saca, entonces, un cigarrillo del bolsillo de su abrigo. Nunca pudo dejar el vicio, a pesar de sus 78 años. ¡Sin cigarrillos ya tendría 100! ¡Cuidado, eh!, resulta impresionante ver cómo levanta el mechero de gas y da una calada. Incluso le ofrece uno a su mujer. Qué grosero de su parte, ella ya no tiene manos. Es realmente despreciable, justo ahora, que siga fumando Rothändle. Así que, cual caballero que es, le coloca el cigarrillo entre los dientes. ¡Qué bonito es contemplar una pareja feliz! Ella nunca ha fumado en su vida, pero se podría afirmar, y con razón, que siempre ha tenido cabeza. Y ahí está ahora, un domingo, sentada al borde de la carretera junto a él. Un idilio de domingo. Sobre la cornisa del tejado de una casa un cuervo se pavonea, al fondo suenan las campanas y por una calle lateral llega un hombre con su maletín. El anciano acuclillado al borde de la carretera y, al lado, la cabeza de su mujer. Ambos fuman. El hombre, al ver la bella pareja, se le cae el maletín de las manos, sin dudarlo. La divertida pareja se asemeja mucho a sus padres. El hombre hace una mueca, como si estuviera pensando en algo. El anciano fumador y la cabeza de su mujer permanecen impasibles. Además, ni siquiera pueden ver a su hijo. Una pena. Quizás para la próxima.
Alguien muere. ¿Qué hacer? Llorar hasta el cansancio. ¿Qué más se podría hacer? Se piensa profundamente si hay alguna razón. O si es ya muy tarde. Sin duda, esas no son preguntas. No son preguntas que uno se formula. Nadie formula esas preguntas. Alguien que, por ejemplo, ha tocado Bach a lo largo de su vida, de repente deja de hacerlo y muere. Alguien que, por ejemplo, barre siempre las mismas calles, de repente deja de barrerlas y muere. Alguien que, por ejemplo, ha barrido siempre las mismas calles, de repente deja de tocar a Bach y muere. Y por las calles se arrastra el viejo follaje, y por la calle se arrastra el viejo follaje acumulado, y el follaje barrido durante toda una vida de repente vuelve a arrastrarse en conjunto por las calles y se pone a tocar a Bach y a tocar a Bach. ¿Qué hacer? Llorar hasta el cansancio. Se escucha. Al final uno vuelve a la calle. Entonces, poco a poco, uno se convierte en ella. Y, en medio, el jadeo del pianista. Y, en medio, el jadeante pianista que a lo largo de su vida ha tocado Bach y que realmente se esfuerza. El tranquilo y fluido Bach1. Y el pianista que se ahoga lentamente. El jadeante y lentamente ahogado pianista que se esfuerza mucho ha desaparecido en el arroyo. El pianista que se desvanece lentamente y Bach. Él ahora se ha convertido en Bach y suena bien. Y un sol que se desliza tímidamente por la casa. El sol, una casa y la chaqueta del pianista que se ha convertido en Bach. Y el sol que barre tímidamente la casa. Bach, el sol, la casa. Bach, el sol, la casa, el barrendero. ¿Qué hacer? Uno muere, otro llega. Uno vuelve casa, otro se vuelve Bach. Y el sol, la casa. ¿Qué hacer? Llorar hasta el cansancio. ¿Qué más hacer? Si hay alguna razón. Y escuchar. Cuando alguien muere aparece el sol en el cielo y se arrastra tímidamente a lo largo de la casa. Hasta que toda la casa es el sol. Pero es tan agudo y deslumbrante que nadie alza la vista. El sol, la casa, cuando alguien muere. ¿Qué hacer? Bach, el sol, la casa, la calle. ¿Qué hacer? Uno se gira y mira la chaqueta del pianista. La chaqueta del pianista yace encima del arroyo como un legado. La chaqueta del pianista se desliza río abajo. Un sol que, por ejemplo, se ha arrastrado a lo largo de su vida sobre la casa tímidamente, de pronto deja de arrastrarse a lo largo de su vida sobre la casa tímidamente, y muere. Y sobre la casa se arrastra tímidamente el viejo follaje acumulado y toca Bach y toca Bach. ¿Qué hacer? Llorar hasta el cansancio. Alguien brilla. Es posible que alguien lentamente se convierta en el sol. Y el barrendero barre el sol como si se tratase de escombros. ¿Qué hacer? ¿Qué más hacer?
  1. Aquí hay un juego de palabras en alemán que resulta insalvable en castellano. El sustantivo Bach significa arroyo, pero también alude al músico Johann Sebastian Bach. [N. del T.] ↩︎

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Michael Lentz [Düren, 1964] es músico, performer, poeta experimental y novelista alemán. En 1983 estudió filología alemana, historia y filosofía en Aquisgrán y Múnich. En 1999 completó su doctorado con la tesis titulada Lautpoesie, musik nach 1945. (Poesía sonora, música después de 1945). Fue alumno de Josef Anton Riedl y saxofonista en el conjunto de Riedl. En 2001 ganó el Premio Ingeborg Bachmann por su libro de prosa Muttersterben. En mayo de 2006 fue nombrado profesor de escritura literaria en el Instituto de Literatura Alemana de la Universidad de Leipzig. Entre su novelística figuran Liebeserklärung (2003), Pazifik Exil (2007), Schattenfroh (2018) y Heimwärts (2024). Ha publicado también los poemarios Neue Anagramme (1998), Aller Ding (2003), Offene Unruh. 100 Liebesgedichte (2010) y Chora (2023).

Sitio web del autor: https://www.michaellentz.com/