La zorra
Bora Chung
Editorial Alpha Decay
2025
160 páginas
Es tentador proclamar el hallazgo de una alegoría exacta en La zorra de Bora Chung. Sin embargo, hacerlo entraña la asunción implícita por la cual el mérito de la obra depende de una correspondencia perfecta entre símbolos y significados.
Una obsesión de deformación hermenéutica cuyo principal vicio radica en eclipsar lo obvio. Leer La zorra inquieta. Y en ese repelús mórbido, de lectura a cara semicubierta, engancha de principio a fin. ¿Puede ser otra la prueba elemental de solvencia en una historia de terror?
En este caso, conviene aclararlo, la desazón no destila del miedo visceral que invoca un peligro físico. Chung instala la angustia en la sensación de fatalidad omnipresente. Un temor de tipo psicológico a que el protagonista perpetre su aniquilación y dañe a su familia, sometido al influjo de fuerzas sobrenaturales. En particular, es un gumiho —en la mitología coreana, el espíritu legendario de un zorro que transmuta en mujer con el secreto objeto de devorar el hígado o corazón de los hombres— quien, bajo la apariencia de una hermosa desconocida, hechiza a un instructor de academia.
Nada nuevo, en Europa la analogía más familiar nos asalta. A Ulises lo ataron al barco para que no sucumbiera al canto de las sirenas. Pero muy a su pesar, en La zorra el protagonista encuentra su destino tras creer haberlo burlado, con la ironía añadida de un final que había sido anunciado proféticamente.
Por supuesto, es un amor destructivo. En la obra en particular, el espíritu del gumiho solo puede materializarse en el mundo real mediante la depredación del tiempo de vida terrenal del malhadado hospedador humano. Es una circunstancia que ofrece a la autora una rica veta temática. No hay maldad necesaria en este parasitismo. Emana de la naturaleza maldita de un ser que, descubrimos, incluso intenta redimirse de su condición por la fuerza transformadora del amor. Una abnegación frustrada en un desenlace trágico a causa de la desmemoria del protagonista. Justo cuando, se revela al lector, el funesto desenlace habría podido evitarse. Pero, precisamente porque se revela también, el destino debía imponerse, incluso si el tránsito a su sino toma los caminos más insospechados.
¿Por qué? Porque toda parábola mitológica ha de cumplir la leyenda que consagra, tanto más si —es el caso— esta se ha marcado en un anuncio admonitorio, cuyo incumplimiento es heraldo de la fatalidad. Pero quizá también porque un amor entre un hombre terrenal y un gumiho sobrenatural —un amor, en definitiva, contra natura—, no puede celebrarse sin traer la desdicha. Con todo, como una fuerza regida solo por sí misma, el destino se impone. «Tenía que vivir la vida que me había tocado», son las últimas palabras de la novela.
Por lo demás, el desconcierto es norma. Desde el inicio de la obra, los límites entre lo terrenal y sobrenatural se cruzan a antojo, por la mediación directa o indirecta del espíritu de la zorra de nueve colas. Las reglas de la realidad no operan para ella. Los lugares que habita solo existen mediante su estancia. Más tarde, conocemos el truco. La fisicidad del mundo no cambia con ella, sino que estar junto a ella es estar fuera del mundo. Lo normal, tratándose de un fantasma, como lógico sería protegerse de un espíritu ultraterrenal. Pero ocurre que el desconcierto de nuestro protagonista no lo disuade de querer visitarla. Tal es el hechizo que sobre él despliega el gumiho.
Este juego de equívocos que lleva a recordar escenarios como la Comala de Pedro Páramo al plantear la superposición constante de los mundos terreno y ultraterreno, se extiende al entorno del protagonista para instalar el desconcierto. No solo sobre la noción de realidad, sino también sobre el signo moral de los actos de los personajes.
Hay, en este sentido, una evolución desde la representación nítida de los roles de los actantes hasta una confusión plagada de víctimas difícil de asimilar por el problema de la esquiva atribución de la culpabilidad. Aunque existe el objetivo y la voluntad de salvar a la abuela del protagonista, el esquema actancial pierde pie por la ausencia de un oponente nítido, rol que resulta problemático atribuir a la figura del gumiho cuando se descubre que esta podría haberse liberado de su condición sin un último descuido del protagonista.
Para terminar de enredar la madeja, el denuedo de los personajes por evitar un desenlace fatal deja de ser encomiable cuando sus esfuerzos incluyen pactos con seres del inframundo, una masacre zombi en un hospital o el saqueo del ajuar de un cadáver que debía servir de ofrenda a algún codicioso espíritu del más allá en pago por un feliz descanso en el reino de los muertos.
Por tanto, tal vez La zorra se asimile menos a una parábola que a una historia muy bien contada. En el plano formal, no hay adornos superfluos que recarguen las descripciones o compliquen la narración. Sería contraproducente para una obra que busca mantener la tensión a lo largo de sus páginas y que basa su atractivo en la sorpresa y la imprevisibilidad.
Según indica la autora, el proceso de redacción implicó una revisión orientada al corte de los capítulos en momentos de suspense. Por otra parte, el narrador cambia de la tercera a la primera persona a partir de la segunda parte de la novela, a fin de poder evidenciar implícitamente que el protagonista desconoce varios de los eventos ocurridos en los anteriores capítulos a causa de haber perdido parte de sus recuerdos, tal y como aclara la propia Chung.
Asimismo, ella también especifica que la principal influencia literaria consciente tras La zorra es El maestro y Margarita. En concreto, los perros parlantes del inframundo son una hibridación del gato Behemoth con el asistente con cabeza de perro del rey Yama del inframundo en la mitología china. Y en cuanto a los padecimientos de la abuela del protagonista, emanan de su propia experiencia vital. Escribió la novela en pleno proceso de duelo.
Por tanto, es lícito y hasta prudente abandonar la interpretación en clave alegórica y simplemente disfrutar de la obra debut de Bora Chung. Por supuesto, hay reflejos evidentes de los contrastes que ha provocado en la sociedad coreana un desarrollo metabolizado por la vía del estirón febril (la soledad moderna, el peso del prejuicio arraigado en la tradición, las expectativas sobre mujeres y hombres en aspectos como el matrimonio o la noción de éxito).
Pero por lo restante, os invito a pasear por los mundos de Kiejun y Jieun. El camino se hace sobre un limo pantanoso, cuyo recorrido se abre y cierra con los pasos de los caminantes, y aun así siempre conduce a lugares inhóspitos. Es extraña, esta convergencia entre creación y destino, pero seguimos desplazándonos en busca de luz. Nuestro movimiento no es fútil.
Sencillamente es suicida, y en el culmen de nuestra desgracia caemos en la cuenta. En efecto, nos agitamos sobre arenas movedizas. Qué maravilloso es quedarnos atrapados.
Para leer esta reseña de Pablo Sanz Padilla en PDF,
haga click en el siguiente enlace:

