Casi paisaje, de Alberto Guirao | Martín Izquierdo Verde

Con este epíteto, «animal turístico», acuñado por el autor en uno de sus poemas, se podría sintetizar el contenido del poemario Casi paisaje. Alberto Guirao continúa en esta obra con uno de sus temas, el del viaje o camino del héroe, inevitablemente uno desprovisto de épica, pero equipado de una panoplia de recursos irónicos, aforísticos y con espacio también para la ternura y lo estético («¿Qué son / la vida y las vacaciones sino una logística / fuera de la muerte y de casa?» o «El camino del héroe, qué maravilla, queda resumido en recados».)

Pero no se expone una historia de redención, sino una sin libertad, sin destino o con uno tan ajeno a sus personajes que se percibe como un albedrío mutilado, un tiempo con obligaciones, pero sin propósito.

En este sentido, la libertad se restringe a un viaje al trabajo, al ocio repetitivo que debe ser terapéutico y productivo («Has practicado fitboxing, acroyoga, mindfulness porque tenías/ claro que el bochorno era un mal cíclico»), a las amistades como un ejercicio de descreída madurez y a los viajes. Es en este último punto donde se explora el viaje como transformación personal (incluso «matando» al propio autor), como experiencia mediada por el turismo de masas y con algunas notas culturalistas y de referencias geográficas que, por momentos, dulcifican la lectura.

Hay varios elementos que caracterizan la escritura de Guirao en este libro, y que grosso modo ya se percibían en Ulises X: el empleo de múltiples voces (poeta y alter ego), y enfoques tomados del cine, la carga conceptual de sus versos, algunos verdaderos aforismos llenos de ingenio, el fragmentarismo, la inclusión de citas y de textos de diversa índole en el poema, en un diálogo que puede incluso distorsionar de forma deliberada el significado del verso original.

Son poemas significantes, en ocasiones complejos, que huyen de lo denotativo y de la decoración y logran en su aparente laconismo el cuestionamiento del lector.

Esta obra, conformada por cuatro partes, queda ligada por el leitmotiv del viaje, y por la presencia salvífica de lo natural. Formalmente, la escritura de Guirao tiende al fragmentarismo. Aunque la idea del fragmento como elemento autónomo del arte ya se encuentra en los románticos alemanes, no se trata hoy de un fragmento lacerado de una obra escultórica o literaria, que se interpreta como vestigio o como elemento descontextualizado, sino de una experiencia de vida que es fragmentaria, desunida, que hace que el autor transfiera esa extrañeza a los textos.

Estos fragmentos, estas «esquirlas» (quizás más en conexión con las técnicas y filosofía de Viel Temperley), suponen la recuperación de fragmentos, reescrituras, ideas y versos, con capas de lectura diversas, con un lenguaje cáustico, entre el irracionalismo y elementos más cotidianos que se pervierten: una perpetua sensación de fracaso que tan solo aligera el viaje como promesa, el amor y la amistad como regreso a lo compartido. El arte permite un diálogo, tal vez menos volátil que lo experimentado.

Sería, quizás, pobre decir que esta poesía es existencialista: es una escritura consciente de lo real, de lo existente y, por lo tanto, refractaria a las idealizaciones. Esa visión no elude, así, aspectos críticos con lo social y lo político en un sentido amplio, sin miedo a la inclusión de neologismos: «en pleno aprendizaje espiritual/ disimulamos peor que nunca nuestro materialismo»; «Sin embargo/ no es descargable el recibo/ hasta después del descenso.»; «Miren su Smartphone y compren/ antes de perder la red», «Y en las criptomonedas y tapas/ frías a las cinco de la tarde», «¿Declamas mi horóscopo?», etc.

El título de esta obra también despliega una serie de posibilidades interpretativas. Abundan vistas y miradores, el paisaje contemplado. En una de sus partes, “Las formas cuadradas y redondas del mundo”, aparece una naturaleza triunfante, con cierto bucolismo, en el que el personaje se inserta, se vuelve parte de él («Siglos preparándonos / para acoger / o habitar. (...) Tú también, ahora eres / casi paisaje».) y donde se pregunta si ese lugar al que ha llegado no será su hogar, o si más bien debería serlo. La desaparición del yo en el entorno, ser naturaleza, fundirse en un contexto no antropomorfo, es también hacerse uno con ese paisaje.

Una cuestión sustancial del libro son las citas: se insertan como compañeras de viaje, elementos leídos e incorporados al texto. Sin negar el carácter de autoridad que tienen en toda obra, aquí sucede también algo diferente: las citas pueden completar, añadir, e incluso se utilizan de forma que se enturbia deliberadamente su significado. Se producen así referencias e interferencias a Estesícoro, Arquíloco de Paros, Tirteo, Safo, Simónides o Solón, entre otros. No menos determinante es la influencia de la poesía de Si Kongtu, y que abre una de las partes del libro.

Se recogen también referencias a Balzac (La obra maestra desconocida) y guiños a otros autores, por momentos reconocibles («Así es, vendrá la muerte y tendrá / un formulario: exención de responsabilidades» o «Había sucedido al final de otro invierno: / los extraños caballos regresaron». No se trata de descifrar filológicamente cada una de sus procedencias, pero sí nos habla de las lecturas eclécticas y del profundo lore del autor (y de sus alteregos).

Esta obra se estructura en cuatro partes (“Lo que es la libertad”, “Las islas de Marcel”, “Las formas cuadradas y redondas del mundo” y “Epílogo: El rocío empapa las mangas de San Juan”).

En la primera parte se destaca el tema de la ausencia de libertad (entendida esta como precariedad, repetición, rutina), la amistad vista desde la perspectiva adulta y la política como constructora de realidades («Y jamás fue tan reconfortante comprobar que la tierra continúa / siendo / sobre todo naturaleza / (aunque también 95.941 pendientes de intervención quirúrgica (...)/ En algo de todo eso, sin duda, / consiste ser libre, me dije.»

A lo largo de la segunda parte, “Las islas de Marcel”, se produce la inserción de la mayoría de intertextos y citas. Este personaje, Marcel Bochán («poeta experimental»), heterónimo (o más bien «antiheterónimo», porque mata al autor A. Guirao), viaja a Grecia, con curiosidad y cargado de lecturas, que al modo de un Marcel Duchamp y sus ready made, no hace sino tomarlas como elementos preexistentes y dotarlos de un nuevo uso.

Entre el ocio de Marcel aparecen versos que son máximas o aforismos rotundos («las náuseas se pasan con mística»; «¿Por qué el intenso / color de esta toalla reluce más real que el del pez?»; «Sabemos / que nada, ninguna desgracia, podría acontecer igual que la / imaginamos»).

Sorprende, vista la estructura del libro, la incursión en la abstracción de lo oriental, la búsqueda de un esencialismo estetizado en la tercera sección del poemario.

Más alejado del feísmo y de la aglomeración de lo cotidiano, hay una esencia bucólica, de un oriente más vivido que visitado. Se podría decir que el personaje, en ese viaje ha sido feliz, ha logrado huir y así encontrar un sentido. Esta aparente diferencia de enfoques estéticos, que no solo estilísticos, y que tiene más que ver con la temática vaporosa de las escenas de Vietnam que con un cambio de tono, ayuda a mostrar la variedad de sensibilidades de la que es capaz el autor y sus voces: «Si soplas con fuerza se obstruirá su sonido. / Si inspiras con fuerza los pulmones no se llenarán. (...) Serás como un niño desnudo / que salta al río y al salir / guarda arena en las manos.».

Es aquí donde aparece una sensación estética más sublime y fascinada, con momentos de belleza sin sospecha: «El silbo de las aves, un/ ermitaño cargando la leña.»; «Igual que hunde el loto / sus raíces y bucea para luego / rosáceo emerger, / así tú te embarras. Más tarde / salvas peldaño a peldaño / la escalinata hacia el mirador». O la imagen congelada de un anciano recorriendo por última vez el bosque que habitó, vista desde el avión. Hay una visión menos cínica, donde la cercanía a la poesía china, al recogimiento de Valente o de Zurita o a la sentencia retórica apaciguan.

Como cierre, el “Epílogo”, recoge con un verso de raigambre más clásica, el regreso al otro, al amor, al refugio de la experiencia compartida, con referencias a San Juan de la Cruz. El personaje se vuelve cigarra, animal que evoca aquí al tiempo la fábula conocida y el animal extraño y que fascina con su presencia de ámbar.

Como en el cuadro del maestro Frenhoffer en La obra maestra desconocida, con un pie magníficamente pintado, que aparece entre la pintura sedimentada hasta la abstracción (más que destrucción de la obra, hoy absoluta concepción de lo contemporáneo), así impactan muchos de los versos de Alberto Guirao, subrayados sobre la página, emergiendo con rotundidad.

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Martín Izquierdo Verde [Soria, 1994] Es autor de los poemarios Autorretrato ecuestre sin caballo (Lastura, 2019), Mímesis inversa (Junta de Castilla y León, 2020) y Glam Rock (Lastura, 2021). Ha sido residente de la Fundación Antonio Gala (2013-2014) y ha recibido el premio Arte Joven de Poesía de la Junta de Castilla y León (2020). Trabaja como personal técnico de Museos Estatales.