El ocultamiento | Carmen Gallo

Desaparecer entre los otros, esconderse a plena vista. Resulta más fácil decirlo que hacerlo. Hay varias técnicas y cada una comporta riesgos (las ventajas son siempre mínimas).

Las más simple, y quizás la más practicada, es la de intentar esconderse entre los demás, ser como los demás. Se trata de escoger un grupo o una categoría que se nos parezca o que nos sea fácil acercarnos, que sea preferiblemente dominante en su propio ambiente. Y luego de un breve período de observación, se va uno por ahí con el disfraz de los otros. Se habla como lo hacen los otros, se piensa como los otros, se va a lugares donde van ellos para decir las mismas cosas que dicen los otros sobre lugares a dónde van los otros.

No es conveniente escoger una referencia, es necesario evitar las idiosincrasias, no caer en la particularidad. Conviene entrar sin excitaciones en la torpeza de ser como los otros.

Los contras de esta técnica son demasiado evidentes. Mimetizarse entre los otros sin olvidarse de uno mismo y del porqué nos estamos escondiendo requiere de una resistencia psíquica muy sólida. Ser como los otros es un analgésico muy potente y, en ocasiones, para esconderse bien es necesario estar siempre lúcidos y asustados.

Es muy difícil distinguir entre quien adopta esta técnica para esconderse y sobrevivir y quien la usa de modo más o menos consciente para existir pasivamente en la forma deicida por los otros.

A decir verdad, esta técnica no me gusta. Es la solución más fácil, pero implica un riesgo muy alto: no tanto el no poder volver, sino más bien el no querer volver. Es un ocultamiento muy cómodo, pero también muy pegajoso (como una especie de capa de miel sobre la piel) y, por tanto, muy peligroso. Corremos el riesgo de no poder reconocer al enemigo, así lo olvidamos y este lentamente nos devora y ni siquiera nos damos cuenta de ello.

Una variante de esta técnica, incluso más arriesgada, es la de convertirnos no como los otros, sino solo como algunos, o mejor, como nuestros enemigos. Se trata de asumir temporalmente el modo como piensan los peores, hasta que llegue el punto en que no saldremos de la mirilla de sus fusiles.

Infiltrarse, volverse indistinguible de la forma de vida de quienes pretenden eliminarnos. Hablar como ellos, vestirse como ellos, comportarse por días, meses, años como ellos. Todo esto, empero, no un menester sencillo.

Asomarse a su mundo de ferocidad puede, a corto o mediano plazo, provocar disgusto o desgano. Pero, sobre todo, está el problema del límite. Hasta qué punto podemos llegar. Hasta qué punto podemos arriesgar la vida aproximándonos al enemigo que podría devorarnos. Se requiere de agallas para esconderse a plena vista, o mejor, no debemos tener elección.

Antes o después nos pedirán demostrar que podemos ser tan despiadados como ellos. Habríamos de devorar a alguien para continuar escondidos y no es bueno llegar a este punto. Podríamos ser descubiertos y devorados. O también podríamos probar el placer de la opresión y convertirnos también en el enemigo. Es necesario hacer un alto antes de saberlo.

Otra técnica es volverse invisible. Para ello no es necesario parecerse al más, sino lograr parecerse a la nada, a mimetizarse con la nada. Es una forma de anulación, pero sin manteles ni máscaras y sin liberación. Sí, sin liberación.

Cada quien encuentra el modo más adecuado a su ambiente, pero el objetivo es este: el mundo no nos verá más, pero nosotros seguiremos viendo al mundo y al enemigo que nos ha hecho escapar. Como si estuviéramos detrás de una pantalla o de una ventana polarizada de un auto.

Nada podrá hacernos daño (ni tampoco bien) y, en cualquier caso, seguiremos viendo al enemigo actuar sin ser molestado, veremos el daño que habría podido hacernos y que sí hará a los demás. También nosotros, por el momento, estamos a salvo.

Esta técnica requiere de una dosis masiva de imaginación e, como la anterior, puede crear fuerte dependencia: es difícil resignarse a salir de la nada, que es, en cualquier caso, una forma de paz (pero no se asemeja a la muerte). Hay que tener cuidado de no permanecer en la nada demasiado tiempo, sobre todo si la tentación —digamos, la fuerza de la inercia— es muy fuerte.

A nosotros nos interesa las técnicas reversibles, no nos gustan los ocultamientos definitivos. Todo el mundo es bueno en eso, o casi todos. Matarse es más simple, pero menos divertido.

Para empezar, puedes esconderte muchas veces en la vida. Se puede afinar la técnica y desarrollar un estilo personal, perdiendo justo algo por el camino. Aprender a esconderse puede ser el objetivo de una vida, un saber que se debe transmitir generaciones futuras.

Aconsejamos, entonces, hacernos invisibles solo si podemos usar una dosis suficiente de rabia como antídoto. Es necesario odiar a quien nos ha metido en esa situación, tenerla un poco con el mundo que no nos ve, indignarnos por las injusticias que veremos y contra las cuales no podremos hacer nada —¿lo habríamos hecho, acaso?— así permaneceremos aferrados a la vida. Lo importante es no volverse cínicos o indiferentes, porque entonces será mejor que nos devoren de una vez.

Hacerse invisible será solo un modo de ganar tiempo. Una vez que conozcamos mejor el mundo que nos rodea —después de haber visto cómo continúa sin nosotros, después de ver a los otros gritar y herirse, reír y ser felices— será más fácil encontrar la manera par salir del radar del enemigo, al menos por un momento, y volver a ser vistos.

Otra técnica, aconsejada en caso se tenga la certeza de no poder confundirse en la multitud o si hay miedo de ser succionado a la nada, es convertirse temporalmente en otro. Esto no es fácil de explicar.

Ser otro comporta la difícil tarea de ser, por un poco, ni el ordinario sí mismo que huye ni tampoco el enemigo que nos persigue. Consiste en imaginar, con un esfuerzo sobrenatural, fuera del esquema de una persecución. Fingir que no sucede nada, pero hacerlo de un modo convincente.

Convencerse de que no hay motivo para tener miedo y que no existe ningún enemigo, ni interno ni externo. Inventar que son todos recuerdos de la infancia de los cuales podemos, tranquilamente, liberarnos. Caminar despacio, muy lento, incluso si los perros nos ladran en contra y un desconocido nos sigue por la noche.

El problema es encontrar los recursos para concebir esta forma de libertad que en realidad no tenemos. Quien conoce el miedo sabe cuán complicado es imaginar al enemigo menos temible de lo que es, y a nosotros mismos más valientes de lo que somos. Y llegar a pensar que las sombras son solo sombras y que no hay nadie que nos sigue ni nos acosa.

En esencia, debes convertirte temporalmente en una versión inverosímil de ti mismo. Ser el mismo, pero sin neurosis, capaz de mantener siempre la mirada fija hacia delante, de imaginarte un futuro donde no luchas ni te escondes, y tal vez cuando te encuentras con un enemigo lo saludas o lo ignoras.

Pero hay muy poca diferencia entre esta técnica de disimulo y la creencia errónea de que los golpes del enemigo no duelen realmente, de que sus palabras no dejan marcas y que no existe ningún instinto que nos impulse a dominarnos hundiendo con fuerza nuestras cabezas bajo el agua, incluso si no podemos respirar.

Se corre, en pocas palabras, el riesgo de caer en la alienación, o como lo desees llamarlo. Y de acabar en el foso de aquellos que deliran, con el rostro lleno de arañazos y que vivimos en un mundo en el que todos se quieren y las cosas van de maravilla, donde no es necesario prestar atención a esos paranoicos que ven enemigos en todos lados, que lloriquean y se agitan.

Nosotros preferimos estar lúcidos, no caer en la trampa. No dar espacio al enemigo y a su propaganda. Antes que fingir estar de acuerdo con esta idea es mejor hacerse el loco o el enfermo. Incluso si la probabilidad de enloquecer de verdad es muy alta (y sin descartar daño). Al menos no irás a engrosas las filas del enemigo.

Cada técnica presenta desventajas, efectos colaterales. Ser como todos, como ellos, ser diferente, ser otro: está siempre el inconveniente de permanecer dentro de la dinámica de la especie, de la caza. Pero quizás podamos hacerlo mejor.




Para leer este artículo de Carmen Gallo en PDF,
haga click en el siguiente enlace:


Carmen Gallo [Nápoles] recopiló sus libros de poesía en Stanze per una fuga (2025), el cual incluye Le fuggitive, por el que recibió el Premio Nápoles 2021 (2020). En 2024 publicó el fotolibro Técnicas de ocultación para adultos y, en 2026, Procne Machine. Ha escrito sobre la poesía metafísica de John Donne y ha editado y traducido obras de William Shakespeare, T. S. Eliot, Caryl Churchill, Hannah Sullivan y otros. Imparte clases de literatura inglesa en la Universidad La Sapienza de Roma.