Lo esperable, cuando un autor tematiza el dolor, es que se produzca un estallido de emociones y sentimientos y que la onda expansiva nos atraviese de lado a lado. Para poder empatizar con su tristeza, quien escribe ha de transmitirnos el sufrimiento y el desgarramiento con la adecuada dosis de dramatismo, prescindiendo de exageraciones y/o histrionismos. Eso sería lo lógico, lo previsible... Sin embargo, ¿cómo reaccionaríamos si ocurriera lo contrario? ¿Es posible que alguien embargado por una gran pena se contrajera hacia su interior en vez de saltar por los aires de forma violenta? ¿o que, simple y llanamente, cayera en el total colapso? Las respuestas a estas preguntas las hallaremos bien retratadas en la obra de la escritora surcoreana Han Kang, premio Nobel de literatura 2024.
Quien ha disfrutado de sus libros habrá advertido que sus inicios suelen discurrir de forma apacible, como si se tratara de una delicada brisa que apenas nos toca, casi como pidiendo permiso. Su escritura fluye con naturalidad y sutileza gracias a un hacer sencillo, grácil, muy bien empleado tanto para construir imágenes diáfanas y simples, como para proveernos la justa y necesaria información. De ahí que el abatimiento y la angustia estén siempre bien expresados, delineados con meticulosidad. Del comedimiento brota su belleza, pero a la vez, esta contención es un efectivo anzuelo que capta la atención del lector, ante cuyos ojos parece que no ocurre nada que atente contra la calma del día a día. Ello no es más que una treta, una sagaz argucia, pues es justo ahí cuando Kang se desvía de su apacible ruta conduciéndonos por un terreno irregular y poco luminoso hasta que, sin darnos cuenta, nos vemos agazapados en una trinchera entre fuego cruzado. Para ella, el estilo es un escalpelo que utiliza con destreza para diseccionar temas incómodos y perturbadores, incluso aterradores y escabrosos.
El escenario predilecto es la cotidianidad, sea esta familiar, laboral o de cualquier otra índole. Tras la seguridad que aporta el orbe conocido se esconde una realidad oscura y violenta que tortura y oprime. No hay atisbo de salida, ni siquiera a coste elevado, lo cual hace que las situaciones asfixien y socaven a sus individuos. El retrato de la sociedad surcoreana es demoledor: una cultura que no sabe gestionar una tradición basada en el respeto, el honor y la paciencia con el frenetismo que comporta el mundo actual, en el que la apariencia física, la estricta jerarquía y una virulenta competitividad son factores desequilibrantes y deshumanizantes que fomentan desapego y ecpatía. La alta frustración lleva a Corea del Sur a ser una de las naciones con mayor índice de suicidios y una bajísima tasa de natalidad. Lo peor no es la toxicidad del ambiente, sino el mutismo y el silencio aglutinados a su alrededor. Nadie habla de ello, mucho menos la persona agraviada. Este es el filón de la obra de Han Kang, es aquí donde se produce la atronadora implosión que comprime a sus personajes. Es precisamente aquí, en su mundo interior, donde el yo combate en solitario y en desventaja contra el horror que amenaza desde fuera.
Ante este oscuro panorama, la intimidad es el último y —muchas veces el único— refugio frente a la catástrofe. Lo corroboramos tanto en su narrativa como en su poesía, aun cuando, y según el género de la obra, la surcoreana usa distintos métodos que se adecuan a su propósito de representar y transmitir el dolor. Siempre en su línea, el padecimiento es manifestado con ecuanimidad y distancia. Es parca en palabras, cierto, pero no en emociones. Lejos de dar la impresión de frialdad o neutralidad, Kang plasma el sufrimiento desde el punto de vista de quien lo padece, desde adentro, a partir de la experiencia. Si no cae en la caricatura o la insensibilidad es porque elude cualquier juicio moral o ético y evita suavizar o relativizar vejaciones, abusos y torturas, escribiendo de forma descarnada, directa. El resultado es inmediato, el impacto es real, pues el lector se ve interpelado sin importar su comodidad o pudor. ¿Para qué?, la honestidad nunca está en juego.
Pese a la gravedad de la situación, advertimos en sus protagonistas un temple que no pierde la compostura, un estoicismo que encaja bien con la resiliencia oriental de llevar por dentro el duelo y la pena, con honorabilidad. Una de las interrogantes en Han Kang es cómo continuar viviendo si no es posible escapar de la violencia y la brutalidad. La respuesta es la no-respuesta, no la hay, de hecho, pero renunciar a la vida tampoco es la solución. Ante esta encrucijada sus personajes continúan su existencia sin reparar en nada, cual fantasmas en una casa de la que se resisten a abandonar. El instinto de supervivencia toma el control sobre el estado racional y las acciones descritas suenan como si alguien las realizara en piloto automático: cojo un taxi, abro la puerta, bebo agua, voy a la cama. Pero mientras ello sucede, el personaje reflexiona y se aísla. Es patente en La vegetariana, Imposible decir adiós o Tinta y sangre. De este último título tomo el siguiente ejemplo: «Hasta el momento de nuestra muerte, e incluso después de nuestra muerte, el cuerpo no puede escapar. Solo las miradas, los pensamientos y las conciencias nadan como extrañas criaturas o como espíritus en el vacío oscuro entre las nebulosas».
Los personajes sufren en silencio. Mientras más profunda es la desolación que enfrentan, más sentido y marcado es su mutismo y aislamiento, muchas veces somatizado y simbolizado en la ceguera o la mudez, con una fuerte tendencia hacia la alexitimia, como ocurre en La vegetariana o La clase de griego. Vivir es una experiencia traumática en la que se alterna la agresión normalizada (misoginia, machismo, represión) con la brutalidad sociohistórica (genocidios, masacres, torturas). Se entiende, por tanto, el retraimiento y la huida hacia adentro. La implosión toma tintes de amparo y forma de protesta. Es clarísimo en La clase de griego o La vegetariana, donde las protagonistas se niegan a relacionarse con su entorno, cierran las puertas al diálogo y a la convivencia. El miedo provoca que actos tan simples y gratificantes como comer, hablar, trabajar, amar, confiar sean vistos como una penitencia. Leemos en La clase de griego:
«La pérdida del habla que sufre de nuevo no es cálida ni intensa ni nítida como hace veinte años. Si el primer silencio se parecía al de antes del nacimiento, el de ahora se parece al de después de la muerte. […] Podía oír y leer cualquier palabra, pero no podía abrir la boca y pronunciar los sonidos. Era un silencio frío y extraño, como una sombra sin cuerpo, como el tronco vacío de un árbol muerto, como la materia oscura que llena el espacio sideral.»
Se ha alabado, y con razón, el lirismo y la plasticidad narrativa de Han Kang. Resulta pertinente señalar que antes que novelista, la autora se decantó por la poesía y conoce muy bien las paradojas que supone el lenguaje, al igual que su imposibilidad para precisar emociones y situaciones. En una entrevista concedida a The New Yorker, reconocía que «el lenguaje es una flecha que siempre falla en dar en el blanco por un margen estrecho». Su trabajada prosa calza mejor con las descripciones de ambientes y reacciones humanas, para ejemplificar y clarificar estados de ánimo, la cual alterna con una escritura más directa y cruda cuando se trata de evidenciar el dolor. Este tino es el que eleva a Han Kang en tanto autora, ya que sabe cuándo es el momento idóneo para usar el pincel con la paleta de colores y cuándo el carboncillo. En Actos humanos encontramos muchos ejemplos, como este párrafo al que me he permitido poner en cursiva las frases más líricas en contraposición con la dureza del tema:
«Al anochecer traían los cuerpos de las personas que habían sido tiroteadas en los enfrentamientos con el ejército en las lindes de la ciudad. Era gente que había muerto en el acto, alcanzada por proyectiles, o mientras era trasladada a los servicios de urgencias. Como acababan de morir, sus cuerpos estaban aún tan llenos de vida que Eunsuk tenía que salir corriendo a vomitar, interrumpiendo la tarea de meterles en el vientre las entrañas traslúcidas, que se derramaban continuamente.»
En tal sentido, Blanco es un libro donde se evidencia con mayor nitidez esta combinación de estilos. Aquí la autora aborda el dolor que le provoca el recuerdo de su fallecida hermana mayor, a quien no llegó a conocer. Esto no imposibilita a la protagonista el empatizar con el duelo de su madre y el suyo propio, intentando paliar el vacío de una pérdida que en realidad no es una pérdida personal, sino familiar. En la cultura coreana, este color simboliza el luto, la pureza y es el punto de partida para reflexionar sobre la ausencia, la muerte y la fragilidad del ser humano. Blanco se gesta como una imperante necesidad de expresión, de dar sentido a la injusta partida de un recién nacido. Por tanto, la brevedad, el simbolismo de las fotografías y su buen manejo estilístico son los medios más convenientes para este propósito. Así, la palidez de la luna se relaciona con la del cuerpo fenecido, la densidad de la niebla coincide con la visión comprometida por un velo que baja desde la cabeza o la penumbra realza el cromatismo de cosas y personas: «Algunos objetos se ven blancos en la oscuridad. Cuando la más tenue luz se filtra en la oscuridad, hasta las cosas que no son blancas emiten una pálida luminosidad.» A veces, como en este libro, la escritura sirve para dar sepultura y poder despedirnos de quienes amamos.
Versos con sangre
En la poesía de Han Kang encontraremos los mismos ejes temáticos que caracterizan su narrativa, como el dolor, el duelo, el trauma, la soledad o la violencia, solo que los factores emocional y psicológico tienen mayor peso que en sus novelas. Sus poemas se articulan desde el yo, parten de una voz de corte confesional, intimista que da cuenta de su vulnerabilidad, la cual es referida en tono bajo, pero de forma clara y sin filtros. El poemario Guardé el anochecer en el cajón contiene un pleno de imágenes desoladoras y situaciones límite donde el sujeto poético se encuentra abatido y reducido por sus circunstancias. Percibimos que el cuerpo y la psique se erigen como campos de batalla y la vida es, más bien, una interminable agonía. El poema “En ese entonces” es muy gráfico al respecto: «Cuando creía que estaba librando mi batalla más feroz con la vida, el contrincante al que yo sujetaba jadeando no era más un fantasma. […] Sin embargo, cuando por fin pude coger del brazo a la vida, me dio un apretón de manos tan fuerte que me hizo trizas los huesos». Pese al irónico desenlace, la frustración es enorme, ya que no hay manera de ganar o revertir el resultado. El yo será siempre el más bravo contrincante y el eterno perdedor, he ahí el drama en la poesía de Han Kang.
Asimismo, a lo largo del libro toparemos con otros versos muy reveladores que ahondan en la miseria personal, como «Llorar / se me ha hecho un hábito, / pero las lágrimas / no me han engullido del todo», «Tengo ojos que sangran», «la crueldad es cruel porque se prolonga en el tiempo» o «Una vez lloré tapándome la cara con las manos en plena calle. / Todavía me quedaban lágrimas, no lo podía creer»1. A diferencia de sus personajes novelescos, a los que vemos agrietarse y romperse, el yo lírico se encuentra hecho pedazos, está ya en ruinas, como si fuésemos testigos de las postrimerías de su largo y penoso sufrimiento. El llanto y la resignación impregnan cada poema, desde el inicio hasta el final. No hay tregua: «Mis ojos son dos cabos de vela cuyas mechas arden derramando goterones»2. Cuando el grado de dolor es elevadísimo, incluso la climatología es un castigo. En “Remembranza” la existencia es espeluznante:
Incluso en el mundo donde no sobra nada
sobraban muchas cosas. Fue a finales de la primavera de ese año.
Irremediablemente entró el sol por las ventanas
pisoteando las horas desparramadas y exhaustas
y como siempre los malos sueños se codearon con las horas diurnas.
[…] Si la vida no es más que un gigantesco funeral,
me preguntaba qué quedaba para nosotros.
[…] Esa primavera los árboles no soltaron polen
sino la esperanza hecha trizas.
[…] Entre ese cielo
esos árboles
esos rayos de sol,
oía que se cuarteaba el lecho seco de un río dentro de mí.
A finales de esa primavera en que sobraba todo el mundo,
no sobraba nada.
Al igual que en Blanco, la atmósfera es oscura y densa, lo cual ofrece un efecto de encierro y claustrofobia. El yo se encuentra solo, ensimismado. Esto es lo que nos dice en el poema “El invierno al otro lado del espejo”: «Me espera el invierno dentro del espejo. // Un lugar frío // Muy frío // Tan frío que las cosas no tiemblan, / que tu cara (congelada) / no se quiebra.» Resulta interesante la similitud que se establece entre el estar recluido dentro de sí y la de observar el mundo desde dentro de un espejo. Desde ambos lugares, y siempre en actitud pasiva, la voz poética marca una distancia insalvable a pesar de las inhóspitas circunstancias: «Contemplo el ojo de la llama», «Me espera el invierno dentro del espejo», «Despacio / me deslizaba hacia abajo / sin saber adónde / me deslizaba aún más abajo». Este descenso a los infiernos es psicológico y sentimental, no solo físico. La imagen más recurrente es la de un individuo perdido, que se desplaza por el mundo en silencio, cabizbajo, ya sea entre la multitud por una calle transitada o en la soledad de su casa: «No sé cuántas personas pasaron por mi lado, / cuántas se derramaron por las calles y callejones. / […] Ocurrió cuando iba andando sola por la calle»3. El desamparo se sufre por partida doble: interna y externa y es simbolizada con los mismos cromatismos que Han Kang utiliza en Blanco.
Además del mencionado color y de otras tonalidades pálidas y traslúcidas, la gama de su paleta incluye el azul, el gris y el negro y otros colores indirectos, como el rojo (sangre), amarillo (el sol o la luz) y el verde (el follaje de los árboles). La noche y la oscuridad ya no son negras, sino azules («La sombra negra es negrazulada / una sombra / negrazulada» o «Estaba acurrucada en la oscuridad / azulada.»)4 y el blanco pasa de representar el luto a la fugacidad, como vemos en “Un anochecer y yo”: «miraba elevarse el vapor / de mi cuenco de arroz blanco. / Entonces supe / que algo se había ido para siempre». La imposibilidad de aprehender el momento está ligada con las falencias que ofrece el lenguaje: «como ciertas palabras / como ciertas promesas / que vuelan planeando y desaparecen»5. En su obra, el lenguaje es una carga que comporta una obligación: «Poseo / lengua y labios. // Pero a veces no los aguanto. // No puedo soportar / cuando digo / hola», o este aún más ilustrativo: «Hoy / no abrí la voz / porque tuve la certeza de que me había convertido / en una pálida luz reflejada en la pared»6. ¿Cómo hablar cuando el cuerpo reboza lágrimas?
Leer la obra de Han Kang en estos tiempos es una revolución. Vivimos una época en la que se privilegia el falso bienestar, la superficialidad, la banalidad. Las redes sociales han reemplazado nuestra grisácea realidad. Como bien sostiene ella, no es conveniente olvidar la complejidad que entraña ser humano, pues si es capaz de generar violencia, también es capaz de irradiar bondad. «Vive y viviendo / da pruebas de que estás viva», un sabio recordatorio de una autora que entiende que a pesar de tenerlo todo en contra, lo que dignifica al ser humano es su resiliencia, ese instinto que brega para que el cuerpo siga respirando y el corazón, latiendo.
NOTAS
- “Danza de la silla de ruedas”, “Ojos que sangran”, “Una que otra historia 6” y “Soy una tinaja vacía cuando se me saltan las lágrimas”, respectivamente. ↩︎
- “El invierno al otro lado del espejo”. ↩︎
- “Soy una tinaja vacía cuando se me saltan las lágrimas”. ↩︎
- “Diálogo del anochecer” y “Las hojas al anochecer”, respectivamente. ↩︎
- “De nuevo canción de convalecencia, 2008”. ↩︎
- “Teatro de la anatomía 2” y “Esa cosa llamada corazón 2”, respectivamente. ↩︎
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Reinhard Huaman Mori [Lima, 1979] ha publicado los poemarios el Árbol (2007), fragmentos de Fuego* (2010) y LEONORA (2023); así como la plaquette de poesía Ella (12 secuencias) Isabel Archer (2015) y el fotopoema Ámsterdam. Una fotografía (2022). Sus poemas dispersos han sido reunidos en el volumen E·C·O·S (2019, 2021). Dirigió las revistas de literatura Ginebra Magnolia y OJOXOJO.
Su más reciente libro de poemas se titula Historia de Roma (2026).

