Aquí yace la yuxtaposición de los ecos | Melissa Sauma Vaca

I

Antes de escribir un poema
enciendo una vela
improviso un canto
saludo en el papel
a la nieve.

Hay que cuidar
a veces
ese primer destello

formar un biombo con las manos
protegerlo del viento
que se inscribe en la ventana
vigilar que el lino de las cortinas
quede a distancia prudente
susurrar una bienvenida
al tímido fuego.


II

Mi mirada es el guardavientos
mi deseo el soplo que hace
que la llama florezca
la paciencia
una mecha que derrama
gotas de cera roja
sobre el hielo
una danza azul dorada
me cuenta el poema que no espero.

Me expando

en cada

verso.
Tierra que eres
casa de los árboles

árboles que son
casa de las aves

aves que son
casa de la música

música que eres
casa de la sustancia

enséñenme a ser
casa de mis cantares

y que en mi canto aniden
árboles
aves
música
sustancia

que en mi canto
sea
tierra
como tú

que eres
hogar de hogares.
Bendita vida
gentil maestra
ahora comprendo

cada vez que alejaste
de mi boca el fruto
pusiste en mis manos
una promesa

apagaste la flor
y a su vez hilaste
en mi centro
la primavera

retiraste
de mi copa el néctar
y a cambio me diste
la única vertiente

apartaste
de mi vista el vino
para ser vendimia
para hacerte fiesta

en cestos perdidos
recogiste agosto
para regalarme
el árbol entero

señalaste
traslúcido el brote
tenue contraluz
ávida paciencia

me quitaste aquello
que creí era mío
para hacerme libre.

Secreta madrina
amable o severa
generosa siempre

me enseñaste el goce
de dejar de urdir
vanas recompensas

tomaste
la cosecha última
para inaugurar
–las manos ya abiertas–
los campos fecundos
el cielo en mis ojos
el huerto en el vientre

con dulzura
con esmero
me iniciaste
en el arte
de la siembra.
me sentaré a observar
sentir
palpar
la lluvia

solo guardar
en la piel
el olor
de las flores del mango
después de la lluvia

que es invierno
y aún
hay capullos
obstinados
en abrirse
a la lluvia

¿y qué sería
de nosotros
si las flores
ocultasen
su fragancia
solo para sí?

¿si la lluvia?
Las copas de oro han cruzado 
el pálido muro de ladrillo
su brillo, ahora, ilumina la calle
el pasillo de pronto
estalla en dorados melódicos
refulge con los cantos
de trompetas aterciopeladas
estrellas de punta redonda
allanan el callejón sombrío
sombrilla y cuenco
del plasma que como lluvia

c a e

del sol viene la luz
que se derrama en las copas

del sol el amarillo
el fulgor
la savia

¿qué luz derrama mi cáliz?
¿en qué calles?

¿de dónde vienen
a todos los cuerpos
los esplendores?
            De madera lila, nadie me cree, se hizo mi corazón. 
Thiago de Mello
¡Ah, corazón mío!
ansioso por experimentar
los colores del fuego

no te lances
presuroso
a la almenara

quizás el destino
de toda madera
sea ser polvo

pero observa:

cómo hay alas
que se arrebatan
en la pasión
de una candela

deleite de formas
fulgor danzante
que la memoria
no alcanza
a descifrar

y observa:

cómo hay maderas
que se hacen bálsamo

cómo bebe a sorbos
las brasas
el palo santo

cómo retrocede
apacible
el sándalo

mira cómo
se amaina
el copal

arden discretas
anafre y ofrenda
su esencia impregna
el espacio en que
un hilo de humo
dibuja en el aire
una nueva
corporeidad

y quien entra
en el recinto se alegra
aunque nunca sepa
de dónde
el aroma proviene

permanecen
después de la hoguera
adheridas al tacto
al menos durante
una noche más.
Si el amor ha sido
como intuyo
lo que me trajo
hasta aquí

que sea el amor
lo que me lleve
de regreso

que sea el amor
y no la muerte
lo que nos lleve
de regreso.

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Melissa Sauma Vaca (Santa Cruz – Bolivia, 1987) explora distintas artes y realiza múltiples oficios. Entre sus favoritos están la poesía y la fotografía. Ha publicado Luminiscencia (2017) y Maneras de parar el mundo (2021). Recibió el Premio Nacional Noveles Escritores de la Cámara del Libro de Santa Cruz, el año 2017, por su libro Luminiscencia. Ha participado en diversos festivales y encuentros nacionales e internacionales de poesía. Cursó el Diplomado de Escritura Creativa de la UPSA y, desde el año 2015 participa en el Taller de Poesía Llamarada Verde.