
No es el tema lo que realmente impacta a quien lee este libro, sino más bien el por quién y el cuándo fue escrito. Su autora, Ōta Yōko, fue una de las poquísimas escritoras que sobrevivieron a la bomba de Hiroshima y, sobre todo, fue la primera en testimoniar ese infierno al publicar el primer y único artículo sobre la destrucción atómica en la prensa de su país, tres días antes de que las restricciones y censura de los aliados se instalaran y silenciaran lo ocurrido. Su crónica Ciudad de cadáveres es un fehaciente documento sobre el horror, la desesperación y el infierno que desató el bombardeo estadounidense sobre Japón. La narración es sencilla, directa, descarnada, no ofrece nunca concesiones ni recurre a eufemismos para describir cómo un pueblo entero fue calcinado y destruido. Este testimonio da cuenta de cómo el pueblo de Hiroshima tuvo que enfrentar y sobreponerse ya no a una derrota bélica, sino a la debacle moral que sumió a Japón y al mundo entero tras la Segunda Guerra Mundial. Su valor literario e histórico es invaluable y necesario a la vez. Tras su aparición en 1948, Ciudad de cadáveres le supuso a su autora un ostracismo inmerecido de los círculos literarios, pese a que continuó publicando hasta el final de sus días. Resulta irónico que casi un siglo después del bombardeo atómico y la enorme estela de muerte y destrucción causada, sigamos sin poder aprender las espeluznantes lecciones que nos enseña una guerra. ESTREMECEDOR.
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