Conmemoración del fuego o viaje al país de Borges | Pablo Landeo

La primera conversación que sostuve con mi hermano fue por el mes de marzo, dos años después de su partida hacia el país de Borges. En aquella oportunidad me dijo por teléfono: he aprendido a realizar trabajos de artesanía en cuero. También me dedico a cuidar caballos de pura sangre y, como quien esclarece dudas, añadió, un tanto nervioso: los baño y cepillo todos los días, además de proporcionarles forraje y limpiar el establo. Para nuestro asombro, el adolescente que dibujaba entre otras cosas, jovencitas de ensueño, desnudas o ligeramente vestidas, acariciaba ahora las resplandecientes ancas de los caballos, las ondulantes crines, los desalados cascos o empujada hacia un depósito interminables carretillas de estiércol. Su predisposición para el dibujo la conocíamos desde sus épocas escolares. Concluida la secundaria, sus pretensiones de estudiar artes plásticas estaban confirmadas. Perturbadoras, fervientes, diabólicas, nunca obscenas, las jovencitas surgían sobre el revestimiento de las paredes de su habitación, sobre las puertas de madera y luego sobre cartones, cartulinas, pliegos de periódicos y, finalmente, sobre lienzos que él aprendió a preparar. Si se considera estos antecedentes, no era de extrañarse que nos llamara la atención a mi hermana y a mí, en especial, sus actividades en el país de Borges, a donde lo habíamos enviado haciendo grandes esfuerzos.

Solo dos meses después de nuestra primera conversación escuché nuevamente su voz, anunciándome aquello que se transformaría en odisea pertinaz: la adquisición de las obras completas de J. L. Borges. Según me informó, las había comprado de un vendedor a domicilio. ¡Cincuenta títulos! Exclamó, pletórico de emoción, sin sospechar que el maestro Borges nos conduciría al desasosiego y a la confrontación. Después de aquella revelación magnífica, recobró la calma y añadió como para desterrar cualquier atisbo de desconfianza: antes de cancelar el costo, revisé con atención cada libro y descubrí, enhorabuena, dos ejemplares por duplicado. Conocedor de mi deslumbramiento por Borges, se despidió prometiendo enviarme la colección tan luego solucionaba el problema de la duplicidad.

Al comienzo tuve dudas sobre la adquisición, pero el detalle de los títulos duplicados —aunque este, comenzó a generarme una extraña desazón—, era indicador de que los libros habían sido comprados. Debo decirlo, una adquisición de esta naturaleza era un acontecimiento trascendental para ambos y de particular significación para mi hermano. Como confesaría posteriormente, el aprendiz de artesano halló en Borges la justificación de sus trabajos de sobrevivencia. Al respecto, declararía: adquirir las obras completas de Borges y haberlas leído, redimieron mi orfandad. Sus últimas palabras me resultaron ambiguas; pues, no esclareció si su aludida «orfandad» guardaba relación con el tiempo y el desarraigo o, quizás, con la ausencia de nuestra madre, fallecida en circunstancias inexplicables pocos meses antes de que él se marchara.

Se fue al país de Borges un atardecer de Semana Santa. El horizonte limeño, visto desde los arenales del sur, era un mar de fuego como nunca habría de serlo. Se marchó para medio volver. Es probable que, en sus horas de ocio, haya continuado con el sueño de sus muchachas deslumbrantes hasta sostener una relación sentimental con la hija de uno de sus empleadores. Risueño y gentil en su conversación, tenía la cualidad de establecer amistades con relativa facilidad. Nada supimos de su aventura sentimental hasta que alguien nos dijo: los padres de la muchacha pegaron el grito al cielo y les hicieron la vida imposible. Si estas noticias las hubiera conocido oportunamente, habría depuesto mis expectativas respecto a las obras de Borges. Sin embargo, impaciente, siempre atento al timbrado del teléfono, mi espera se tornó en suplicio. En mis alucinaciones, la ciudad de Rosario, donde él había recalado, no era más que un lugar incierto de Argentina. Allí, el campo, la pampa inconmensurable, «Palabra infinita que es como un sonido y su eco», en la voz del maestro. En aquellos momentos de impaciente espera todo me parecía absurdo, hasta que un día surgió en mi pecho una antipatía terrible contra el responsable de mis penurias. Lo confieso, todo acontecimiento funesto contra él me habría hecho feliz. Mientras esto sucedía conmigo, mi hermana y mi padre lo recordaban con frecuencia y soñaban con su próximo retorno; es más, me opuse con una serie de argucias a la idea de abrir el arca donde guardábamos sus bocetos y dibujos iniciales. Reitero, aquellos momentos estuvieron revestidos de incertidumbre, de arrebato y espera sin tiempo. Aferrado a un hilo de esperanza, sobreviví mascullando una rabia infundada, pues, no obstante haberme empeñado su palabra, él no estaba obligado a nada. A fin de sobrellevar los días adversos procuré ser más razonable. Superados los momentos de febril espera, avergonzado por mis pensamientos insanos, mis expectativas se fueron disipando.

Un atardecer lejano timbró el teléfono. Alcé el auricular y cuando menos lo esperaba, escuché su voz. No comprendo por qué, me sentí un tanto indiferente y antes de responder preguntas domésticas habría deseado terminar con la conversación. Hablamos poco, casi nada. A modo de información añadió que por allá el tiempo estaba muy mal. Esta última afirmación, como en el caso anterior, me resultó oscura. ¿Se refería al clima?, ¿a la situación social del país?, ¿a su propia realidad o a todos en general? Cuando la conversación parecía caer en un punto muerto, como quien arroja un salvavidas, rememoró el tema de las obras completas de J. L. Borges, ya desterrado de mi memoria, no sin resignación. Me ofreció las disculpas del caso por no haber enviado la colección en su debida oportunidad. El vendedor, que trabaja con una editorial de Barcelona, luego de gestiones y esperas impacientes, ha cumplido con entregarme toda la colección. Manifestó. Recibí la noticia casi en silencio. Desconcertado acaso por mi actitud, preguntó si me hallaba en línea. Respondí que sí. Que lo escuchaba con atención. Mentí. Acto seguido, con voz solemne, anunció: La colección se halla en camino… Es de lamentar que nuestros designios, incapaces de soslayar la adversidad, estaban condenados al fracaso, pues la comunicación se interrumpió de súbito. Terriblemente desesperado aguardé en vano una nueva llamada durante minutos inacabables. Mis sueños de poseer las obras completas del maestro Borges habían renacido fervientes. «La colección se halla en camino…» ¡No había duda! Solucionado el problema de la duplicidad de títulos, la colección se hallaba en camino hacia Lima; por consiguiente, el maestro, atravesaría los Andes en algún momento, para arribar a esta parte del mundo. Entusiasmado con sus palabras finales, después de esperar un par de semanas ubiqué tres agencias autorizadas para el transporte de encomiendas entre Lima y Rosario. Los resultados fueron frustrantes.

Dispuesto a saldar esta innecesaria odisea, indagué por diversas librerías de nuestro medio. Más allá de algunos títulos cotidianos —no excederían de unos cinco—, en toda Lima, no había una librería capaz de satisfacer mi demanda. En otras circunstancias Ficciones, El Aleph, Elogio de la sombra, El libro de arena, Artificios, escasos títulos de mi colección personal, resultaban suficientes para sumergirme en esa impresionante vorágine de farsas, deshonras nunca impunes, sueños cautivantes y de metafísica. No obstante, los títulos indicados, desde el viaje de mi hermano a Argentina —en realidad, desde que concebimos su, por entonces, improbable éxodo—, imaginé una realidad deslumbrante en torno a las obras completas de Borges. Soñé, exento de imposibles, un universo donde forjar la perfección constituía una tarea primordial, cósmica, solitaria. Poseído por un deseo febril, me pregunté si yo mismo no era un personaje de las fantasías del maestro. Cifra, fuego, héroe o villano. Espada, sombra o circunferencia, yo existía para desempeñar el papel que se me había asignado. ¡Y vaya que sí, estaba haciéndolo con eficiencia!

Un sábado al atardecer llegué a casa cuando el teléfono timbraba persistente. Tan pronto ingresé a la sala, me di cuenta que no había nadie. Corrí hacia el teléfono, levanté apresurado el auricular y escuché una voz femenina. Luego de un saludo cordial preguntó por mi nombre. Cuando me identifiqué como la persona requerida la voz dijo: llamo de la agencia Rosario Magic. Por favor, aproxímese a nuestra oficina. Tenemos noticias de una encomienda enviada desde Argentina. Antes de colgar el teléfono agradecí con excesiva amabilidad la gentileza de la empleada. ¿Qué duda cabía? El maestro Borges se hallaba en Lima. Con la emoción apenas contenida, vi el reloj, eran las dos de la tarde. Tiempo suficiente para dirigirme a la agencia, pensé. Sin embargo, el hecho de que la encomienda se hallaba virtualmente en mi posesión, me confirió la tranquilidad necesaria para esperar el día lunes. Imponderables de último momento me impidieron llegar a la agencia, el día que me había propuesto. Lo hice el martes al atardecer.

Las horas de angustia y zozobra, los infinitos días de espera, los insanos deseos contra mi hermano; en suma, todas las adversidades del mundo se apoderaron de mi persona, cuando ya no las esperaba. Problemas de carácter legal, observadas en nuestra agencia de Rosario, impidieron el envío de sus libros. El remitente ha sido notificado. Estupefacto, no indagué por los detalles al suponer que se trataría de asuntos relativos a impuestos, que gustoso, los hubiera asumido aquí. Extraviado entre la multitud, en ese crepúsculo de angustias, deambulé por las calles grises de la ciudad. Sin lugar a dudas, mis días de perro apaleado no habían concluido. En tales circunstancias, el maestro se me antojó esquivo, impertinente, un compadrito de lo peor que merecía sobre la nuca un golpe de alfanje.

Convencido del descrédito de mis palabras, he optado por enviarte estos vestigios del fuego... Apuntaba mi hermano, en nota adjunta al equipaje, cinco años después de iniciada nuestra odisea. Por coincidencia, era un domingo de verano, cubierto de resplandores como el día de su partida. El portador del envío, según la nota, era su compadre. Yo me hallaba en la sala y seguía con entusiasmo un programa de documentales en la televisión. Percibí la llegada de un vehículo, la sosegada palpitación del motor luego de haberse estacionado en la puerta. Escuché voces a las que ignoré por parecerme del vecindario. En las últimas semanas, habíamos recibido tres llamadas desde Rosario. En ellas, mi hermano manifestaba que su esposa se moría de las ganas de conocer a la familia, razón por la que estaban a punto de embarcarse hacia Lima. Luego de las contrariedades asociadas a la adquisición de los libros, consideré su entusiasmo con cierta reserva. En una conversación final, dos semanas antes de la fecha establecida para su viaje, anunció que lo harían por avión y solicitó mi presencia en el aeropuerto. Hizo una pausa y recordó, por enésima vez, el tema de los libros. No sabría cómo explicarte… Percibí que intentaba saldar cuentas a través de una justificación. Después de unas frases, un tanto enredadas, su voz fue quebrándose, tal vez, ante la dificultad de revelar un acontecimiento adverso que terminaría involucrándome. De súbito, me invadió un presentimiento extraño asociado a los libros o, quizás, a una historia aún más terrible. No obstante, mi angustia, con la intención de ayudarlo, respondí, fingiendo serenidad: no te impacientes, hermano. A fin de cuentas, el maestro, tan esquivo y adverso para nosotros, bien puede permanecer en su patria.

En esta historia de frustraciones, a unos días del supuesto arribo de mi hermano y de su familia, a lares patrios, la presencia del mensajero constituía otro episodio inesperado. Solo cuando el vehículo reemprendió su marcha me levanté para atisbar por la ventana y descubrí a un hombre, de unos cincuenta años, a punto de presionar el timbre de la casa. Concluidas las presentaciones, el compadre me entregó la encomienda, una caja de cartón, de regular tamaño, fuertemente sellada con cinta adhesiva; después de esto, sostuvimos una conversación breve. Mi interlocutor respondió mis preguntas, con cautela y parquedad. En algunos casos manifestó: según mi compadre, toda la explicación se halla en la carta. Cuando menos lo esperábamos, nuestro visitante expresó sus deseos de retirarse. Agradeció la invitación para el almuerzo y lamentó no acompañarnos: debo seguir mi viaje hacia el Norte, ahora mismo. Respondió emocionado, dirigiéndose a mi padre. Y agregó: regresaré para diciembre, con mayor tranquilidad. Cuando se alejó el mensajero empezamos a tejer una serie de suposiciones sobre el frustrado viaje de retorno. Enterados de que la carta estaba dirigida a mi persona, mi hermana y mi padre me pidieron que la leyera de inmediato. Sí, por favor, hijo. Imploró mi padre. Está bien, pero primero guardaré la encomienda. Respondí. Asaltado por un extraño presentimiento, pero sin ocultar mi entusiasmo, trasladé la encomienda hacia mi habitación. No bien ingresé a ella, cerré la puerta y rasgué el sobre a fin de leer la misiva. El nerviosismo y las ansias por descubrir la encomienda me impidieron comprender el mensaje en su integridad. Superada la cinta de embalaje y abierta la encomienda, ¡oh paradoja!, ¡oh insensatez!, mis ojos descubrieron estupefactos las consecuencias del antagonismo entre los dioses y la adversidad. Irremediablemente vencido rememoré, por vez postrera, la imagen del maestro. Me figuré víctima de sus héroes y confabulaciones y sin importarme el estado ruinoso de las obras completas, sostuve con mis manos temblorosas un ejemplar parcialmente calcinado. Resplandeciente dios de la palabra, percibí al maestro —no obstante, su ceguera insidiosa— distanciado de las trivialidades domésticas. Percibí su respiración inmortal en las evidencias del fuego, ese otro dios apocalíptico, primordial y contradictorio. Memorias del fuego, del azar y de los viajes frustrados, los libros —mejor, los restos de aquella colección que había resistido la voraz acometida del fuego— ahora se hallaban del otro lado de las pampas, desarraigados del mate, de los arrabales, de las pendencias entre compadritos y sables que esculpían en el cuerpo rúbricas inmortales. ¡Vestigios del fuego! Exclamé con mi hermano, víctima de una rara excitación. Imaginé la voracidad de las llamas, la resistencia de los libros a transformase en fuego, en humo, en cenizas. Atormentado por aquella visión impresionante, rememoré el fuego en sus diversas formas, las metáforas y simbologías, los mitos y leyendas que refieren su origen. El fuego del Dios de Abraham, inmisericorde como un látigo restallante; el de Dante Alighieri, fuego helado, ardiente granizo; el de la estatua de la Libertad, femenino, liberador; el de un haz de leño, humano, primordial, sustancioso; el del maestro Borges, fuego que redime y sacraliza desventuras. Acaricié con fervor aquel ejemplar que aún se hallaba entre mis manos. Mis dedos descubrieron en la cubierta suave, consistente, un cuero azul oscuro, infinito como la noche. A pesar de que los bordes se hallaban devorados por el fuego, observé el resplandor áureo de los caracteres: OBRAS COMPLETAS y espacio abajo …RGES. Entre aromas de cuero, de tinta y papel sometidos por el fuego, abrí una página al azar. Postrado en el piso, conmovido por aquellos vestigios, hijo del abrasador estío andino, pude leer:
qu
Suave
Rojos chispor
los remolinos de las bruscas hog
leña sacrificada
que se desangra en altas llamarad
bandera viva y ciega travesura.

Distante la posibilidad de conjurarlo, resultaba imposible sustraerse del fuego. Abatido por un estremecimiento final, abandoné la lectura y percibí las crepitaciones del fuego que sometían a sus dominios toda materia. Ascuas que se encumbraban inexorables, incitados por las mágicas palabras del maestro.

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Pablo Landeo Muñoz [Perú] es Magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y doctor en antropología por la Sorbona París-3. Fue docente de lengua quechua en el INALCO- París (Francia), Premio Nacional de Literatura 2018 por su novela quechua Aqupampa (2016). Ha publicado el libro de cuentos Lliwyaq (2021), de relatos orales Sansón y la lechuza (2023) y Seres imaginarios andinos (2024). Es, asimismo, cofundador y director de la revista de literatura en runa simi Atuqpa Chupan y se desempeña como docente de la Universidad Nacional José María Arguedas.