
El impacto es de tal magnitud que, mientras discurre la lectura, nos resulta imposible evitar preguntarnos si lo que cuenta el libro es creíble o es tan solo una historia llena de exageraciones y atrocidades. Y es que, pese a que todo el paratexto advierte que Antonio B. el ruso. Ciudadano de tercera trata de una persona real que ha vivido en carne propia la persecución, la humillación y el ostracismo, que ha sido brutalmente agredido, golpeado, encarcelado, traicionado, vejado no solo por su pueblo, por la autoridad o el clero, sino por su propia familia, sigue provocando en el lector cierta suspicacia y hasta resquemor. Porque, ¿hasta qué punto es uno cómplice —de forma activa o pasiva— por guardar silencio o mirar al costado cuando todo lo que nos rodea es producto de la injusticia y la agresión? La vida de Antonio Bayo, conocido como «el ruso», nos interpela con una dureza que solo muy pocos libros han podido lograr, como Archipiélago Gúlag, de Aleksandr Solzhenitsyn, escrito por un ruso real. Antonio B. el ruso. Ciudadano de tercera, del narrador vasco Ramiro Pinilla, está ambientado en una época donde el franquismo ya se había impuesto y consolidado, sobre todo en aquellos pueblos abandonados a su miserable suerte y a su paupérrima economía, allí donde el orden era sinónimo de crueldad y rigor, donde la policía y la iglesia dominaban y sentenciaban sin filtros y a placer. Precisamente a ese oscuro y violento cronotopo nos remite su protagonista, Antonio Bayo, quien nos relata el sufrimiento que padeció, en gran medida, debido al hambre y a las carencias en las que discurrió su nada envidiable existencia. Víctima de la pobreza y de la férrea restricción, ya desde niño se vio en la necesidad de robar para, tras el curso de los años, acabar recluido en prisiones y nosocomios, y poner punto final sin un ápice de épica o de redención a una deslucida existencia. «El ruso», un pobre diablo sin suerte ni fortuna, pone en evidencia lo peor del autoritarismo y la crueldad de cualquier régimen militar. Si el lector cree que una guerra es lo peor, se llevará una gran sorpresa sobre lo grotesco que puede llegar a ser una dictadura militar, una pesadilla soñada con los ojos abiertos. Si el lector desea aferrarse a la idea de que su burbuja es la realidad, debe proponerse ir más allá y ser consciente de su época, donde la guerra y la destrucción siguen conviviendo y ganando terreno, que no lo veamos detrás de nuestros jardines o en los ángulos muertos de nuestras ventanas no significa que no exista. No hay que olvidar nunca que la vida, pero sobre todo la muerte, discurre más allá de nuestros teléfonos y que en cualquier momento llamará a la puerta.
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