El loco de Dios en el fin del mundo
Javier Cercas
Penguin Random House
2025
488 páginas
Con toda seguridad, uno de los autores más representativos en las letras españolas actuales de la llamada novela testimonio es Javier Cercas. Su última entrega, El loco de Dios en el fin del mundo, ha sido publicada por el grupo editorial Penguin Random House con fecha de abril de 2025. La estética del ejemplar sigue la de otros títulos de la colección ‘Biblioteca de Autor’: sobria tapa rústica, de contracubierta en negro, con su correspondiente resumen y alabanzas; lomo imitando una faja terracota donde figuran apellido del autor y título en cursiva; cubierta que ocupa todo el frontal, con una ilustración del artista José David Morales. En ella se aprecia una pequeña figura blanca del papa subiendo una escalinata alfombrada, acercándose a la inmensa estatua de un Gengis Kan entronizado, con un disco solar a modo de aureola. Desde su altura, la efigie parece observarlo con ojos todavía más rasgados y bajos de lo que se percibe en el original, cuya localización se encuentra en Ulán Bator, capital de Mongolia.
No hay trampa ni cartón en la cubierta: el libro describe el viaje que, en septiembre de 2023, Francisco realizó a Mongolia. Fue el viaje de «el loco de Dios» a «el fin del mundo», tal y como aparece recogido en el título, claro ejemplo del uso del circunloquio por parte de Cercas. La referencia del primero es obvia: se trata de una perífrasis para el papa; el segundo alude a Mongolia. Constituye este un desconocido país limítrofe con Rusia y China, solo infaustamente recordado por ser cuna de los hunos, dirigidos por Atila, o del ya mencionado Gengis Kan. Incluso la desproporción en la ilustración de Morales entre el tamaño de la estatua del emperador y la figura del papa se explica a tenor de la minúscula cantidad de feligreses cristianos que conviven con el budismo y el chamanismo en ese país, frente a la colosal figura del Kan que preside numerosos enclaves de la estepa. Fue la visita de un David moderno a su Goliath: el intento de la Iglesia por apoyar y reivindicar la religión católica donde parece tener todo en contra. Eso podría explicar la aureola roja que lleva Gengis Kan en la ilustración, que tanto podría ser una evocación a los santos cristianos como, en un sentido muy distinto, un recordatorio de precedentes nimbos asiáticos en figuras como la de Buda.
A ese séquito papal mongol es invitado Javier Cercas, el escritor catalano-extremeño, para que una vez más opere su magia narrativa en una trama centrada en torno a la figura de Francisco, alias papal de Jorge Mario Bergoglio. Por el contrario, él, Cercas, será «el loco sin Dios».
¿Qué tipo de novela es esta? Si buena parte de las obras del autor resulta una excentricidad desde el punto de vista del genus narrativo, en este caso tal vez el nudo gordiano sea más fácil de solucionar con un corte: de entre las de su cosecha literaria, es la más claramente perteneciente a la corriente de non-fiction americana. Si hay ficción, está tan bien disimulada en la crónica que se logra una fusión completamente verosímil. El loco de Dios en el fin del mundo es aquella que más se parece a un producto periodístico, cercana al reportaje a pesar de sus 484 páginas. De hecho, parece una narración fáctica pura y dura, por lo que es válida la pregunta de si ha de ser considerada una novela. Tal vez el último capítulo y el epílogo resulten sospechosos de haber sido ficcionalizados; sin embargo, son tan coherentes, están tan bien construidos, resultan tan sinceros y emocionales que es muy difícil dudar de su veracidad.
Ciertamente la estructura es extraña a la narrativa literaria clásica y, a veces, más propia de un diario personal, lo que recordaría a la novela testimonio. Está dividida en tres partes, bautizadas con títulos paralelísticos: “En busca de Bergoglio”, “Los soldados de Bergoglio”, “El secreto de Bergoglio” (nótese: «de Bergoglio», no de Francisco; es decir, de la persona, no del personaje). A ellos se suma un cortísimo epílogo, cuya brevedad no debe llevar a engaño pues esconde el puñetazo final de la narración.
Estas tres partes no se distribuyen de la misma manera. La primera y la tercera se estructuran en capítulos numerados, siguiendo la costumbre al uso; la segunda, en cambio, lleva el nombre de los días inmediatamente vinculados al viaje: martes, 29 de agosto; miércoles, 30; jueves, 31; etc. Dentro de esa sección intermedia hay que hacer caso a los puntos y aparte con doble espacio porque serán, de algún modo, los que marcarán las separaciones en «subcapítulos» de unos capítulos extremadamente extensos (y, en ocasiones, pesados). Presupongo una relación directa con el hecho de que reproduce en ellos diversos testimonios sobre Francisco/Bergoglio, pues se trata de conversaciones con sus «soldados». No obstante, contrastan con la brevedad de los de la primera y de la tercera parte: un cambio de ritmo que pasa factura a la lectura.
Por eso, especialmente en esta segunda parte, la trama es lentísima, ralentizada, entre otras causas, por la trascripción de conversaciones sobre teología. Por interesantes que puedan resultar, no dejan de ser lastres para la acción narrativa en una «novela» que ya tenía poca, dado que su intención era ser más descriptiva. El listado de personajes que dialogan se sucede sin que el lector sea demasiado capaz de seguirlo. Despuntan algunos, pocos, como el padre Ernesto, por ser el misionero más viejo en Mongolia y su guía en el país. Pero los nombres italianos son una pesadilla. Todos señores de cierta edad: Tornielli, Ruffini, Brunelli, Spadaro... Este listado solo se ameniza por la alusión a un as escasas mujeres, la mayoría misioneras. Casi pareciera que Cercas busca borrar su autonomía como individuos para amalgamarlos en un solo ser, en un cuerpo único: el cuerpo de la Iglesia, la garde du corps del papa, su ejército, tal y como indica en el ya mencionado título del capítulo, “Los soldados de Bergoglio”. También es una trama iterativa: mismas preguntas, similares respuestas, algo que reconoce el propio autor («Con el fin de preparar el terreno, recurro al mismo ardid que usé con sus compañeras», p. 338). Es decir, nulo avance introspectivo, no solo factual. Es lo que exige la etopeya y la prosopografía de un personaje, ciertamente; pero El impostor también quería ser el retrato de un personaje y, sin embargo, resultaba mucho más ágil, tal vez porque Enric Marco, su protagonista, deviene actor de la trama donde el papa no. Es otra de las dudas que ensombrece la consideración de si realmente nos encontramos delante de una novela.
Solo vuelve a recuperar el compás perdido llegados a la tercera parte. Allí se alterna, en los capítulos impares, la reproducción de los hechos sucedidos —es decir, la trama narrativa propiamente dicha—, con la reflexión que se deja en los pares, destinados a la crítica, al ahondamiento en las cuestiones más personales, a las opiniones del narrador, sean o no sean las del Javier Cercas real. Son estos capítulos los que más recuerdan a previas obras del autor: a Anatomía de un instante o a El monarca de las sombras.
Sin embargo, El loco de Dios en el fin del mundo no es inicialmente un producto típico suyo. Sobre todo, en la primera mitad de la obra, donde parece más forzado, cuesta reconocer el estilo. Cabe preguntarse si pesó en el proceso creativo el hecho de que escribir una novela sobre el papa no fue idea propia. La propuesta surgió de Lorenzo Fazzini: «se presentó como responsable de la Libreria Editrice Vaticana (LEV), la editorial de la Santa Sede, y me soltó a bocajarro que el papa Francisco viajaba a finales de agosto a Mongolia y que en el Vaticano habían pensado en mí para que escribiera un libro sobre el viaje, sobre el papa, sobre la Iglesia, sobre el Vaticano, sobre lo que yo quisiera» (p. 18). Es normal que, «por un segundo», Cercas pensase que se trataba de una broma.
En realidad, parece que no estaba muy convencido de esta novela, y así lo insinúa en varias ocasiones. Con todo, a medida que avanza la lectura, empieza a traslucir su manera particular de ver el mundo. Es aquí, ya encarando la parte final, donde se despliega la obra en todo su esplendor. Son ramalazos de oro que hay que encontrar entre cubos de lodo: empiezan a hacerse cada vez más habituales las estructuras sintácticas construidas sobre dobletes o tripletes y aparece el uso magistral del suspense.
Lo primero es una vieja técnica suya, que le permite visualizar una misma realidad desde distintas perspectivas. Da opciones al lector para que interprete aquello que está narrando desde la que más creíble le parezca, pero sin traicionarse a sí mismo teniendo que hacer afirmaciones tajantes: «Existe una ética religiosa y una ética laica, una ética cristiana y una ética atea; hay quien piensa que la primera es superior a la segunda: al menos desde que perdí la fe en Dios gracias a Unamuno y a Nietszche (o por culpa de ellos), yo pienso exactamente lo contrario» (p. 457). Es decir, su prosa, plagada de afirmaciones que se desdoblan usando la técnica de la bimembración (o incluso de la trimembración), le permite sugerir distintas posibilidades que pondrían en tela de juicio su primera interpretación, muchas veces planteadas de manera retórica. «¿Seguimos los seres humanos buscando el milagro? ¿O ya no lo necesitamos o creemos que no lo necesitamos, o simplemente ya no somos capaces de creer en él?» (p. 455). Estas estructuras están prácticamente ausentes en los primeros capítulos y solo empiezan a despuntar a medida que el lector —y el propio Cercas— se deja llevar por los sucesos.
Por otra parte, el suspense tiene mucho que ver con el motor de la propia obra. Nace al plantear a Francisco una cuestión personal que le preocupa y que, a la vez, tiene un profundo entronque con la teología cristiana: ¿encontrará su madre a su padre en el más allá? La respuesta del papa llegó, cronológicamente, al comienzo del viaje. Pero Cercas construye la novela de tal forma que no la reproducirá hasta el final, creando un suspense que se irá intensificando a medida que algunos personajes, espejos del lector, le pregunten sobre esa respuesta y él evite darla. La tensión narrativa, por tanto, resulta totalmente ajena a los acontecimientos relatados: es fruto de la propia estructura que el autor le otorga a su obra.
Así pues, estamos delante de un producto menos perfecto de Javier Cercas, menos literario, menos novelístico, tal vez excesivamente depurado por las dudas que le pudo haber generado el proceso de escritura. Como si hubiera leído y releído el material, y en cada lectura hubiera ido borrándose a sí mismo. Sin embargo, hay momentos en que el lector puede gozar de los rasgos propios de su narrativa, del trabajo de un buen narrador de excelente pericia… Si es que tiene la paciencia cristiana de aguantar hasta llegar a ellos.
Para leer esta reseña de María Elena Roig Torres en PDF,
haga click en el siguiente enlace:

María Elena Roig Torres es docente funcionaria de Educación Secundaria y profesora adjunta en el Grado de Educación Primaria en la Universitat de les Illes Balears. Licenciada en Filología Hispánica, se doctoró cum laude en 2005 en la especialidad de Filología Románica por la Universitat de Barcelona con una tesis titulada «Trovadores occitanos en Navarra, Navarra en los trovadores occitanos (1134-1234)», lo que demuestra su interés particular —aunque no exclusivo— por la interacción de los reinos peninsulares con la lírica trovadoresca. Sitio web de la autora: https://mariaelenaroigtorres.es/

