El niño de la mirada inocente | Lenore Kandel

La anciana se encontraba en el porche de su casa dormitando sobre una antigua mecedora. El vaivén producía un ligero crujido que, aunque no la despertaba, le hacía acomodarse. Sobre la flácida piel de su rostro surcada de arrugas se posó una sombra moteada por la luz del sol. Tenía el pelo cano amarillento y la melena le caía sobre el respaldo, las manos hinchadas y cansadas reposaban una sobre la otra en su regazo como sin vida.

—¿Quién eres? —preguntó la joven y chillona voz que la sacó del sueño.

Se despertó de golpe y un poco asustada por el ruido repentino. Observó con atención la pequeña figura que tenía delante con los ojos llorosos y cansados. Desde luego, aquella figura no era motivo de alarma: era un niño pequeño de unos ocho o nueve años, quizás; tenía una poblada cabellera de color caoba y la cara aún más poblada de pecas. Llevaba unos pantalones de pana y una camiseta de rayas, y tenía las manos en los bolsillos.

—Entonces —preguntó de nuevo, esta vez con más insistencia—, ¿quién eres?

Ella dibujó una sonrisa con sus finos labios azulados.

—Hola, cariño —respondió, en el tono más cálido que pudo producir con sus desgastadas cuerdas vocales—. Soy la señora Licktman.

El niño la observó pensativo con sus ojos claros enmarcados por unas suaves pestañas.

—Que nombre tan feo —dijo con calma—, y eres una vieja fea. Creo que no me gustas.
Ella le sonrió con timidez.

—Pero, cariño, ¡no sabes lo que estás diciendo! —las palabras se le escaparon lentamente.

—¡Sí que lo sé! —dijo enseguida al sentir su vanidad herida—. ¡Sí que lo sé! Eres una vieja fea y ¡te odio, te odio, te odio!

Empezó a dar botes delante de ella canturreando esas palabras con voz cantarina y sintiendo placer con el efecto que le producían a la anciana.

—¡Señora Lishman, la vieja fea señorita Lishman, la vieja fea señora Lishman! —se paró en seco y la miró directamente un momento, después le sacó la lengua y le dijo en un tono simple y claro— ¡Te odio!
A la anciana le temblaron los labios por la inseguridad y se apretó las manos con fuerza.

—Cariño, no debes decir esas cosas, no está bien. Seguro que no es lo que quieres decir. No está bien —repitió la anciana.

—Sí que es lo que quiero decir —insistió el niño y la miró con calma— Seguro que eres la vieja más fea del mundo. Y yo soy el niño más malote del mundo mundial, y cuando sea mayor voy a ser pirata o gánster o algo así, y voy a dispararle a todas las viejas feas que haya, y a ti te voy a disparar la primera porque eres la más fea y ¡te odio!

Estaba de pie justo delante de ella y la observaba atentamente con sus inocentes ojos azul grisáceo. Ella bajó la vista ante su persistente mirada y se llevó las manos a los pliegues de la falda buscando un punto de apoyo. Entonces, le sonrió con una falsa alegría y se levantó.

—Vamos dentro —le ofreció—, que te voy a dar unas galletas dulces. Las he hecho esta mañana —añadió usando el mismo tono que antaño había usado para convencer a sus hijos.

El niño la acompañó al salón oscuro y fresco, y se quedó allí esperándola de pie.

—Dame un minuto —dijo—, ahora te traigo las galletas.

La anciana se fue hacia la parte trasera de la casa y lo dejó allí de pie. El niño miró la habitación a su alrededor con curiosidad y se acercó a un aparador de cristal lleno de souvenirs. Abrió una de las puertas y movió la mano entre las doradas figuritas y pesados ceniceros con nombres de lugares que llenaban los impolutos estantes. Cogió una de color rosa con conchas en la que ponía «Atlantic City», pero la volvió a dejar en el estante sin interés. Cerró de un portazo el cristal y se sentó en el rígido sofá que estaba delante de la falsa chimenea, cuya repisa estaba llena de antiguas fotos de familia.

—¡Aquí están! —anunció mientras entraba con un plato de grandes galletas recubiertas de azúcar y un vaso de leche.

La anciana se sentó en el sofá a su lado y se las ofreció. El niño cogió el vaso de leche y escogió dos de las galletas más grandes y con más azúcar que había en el plato.

—Gracias —dijo educadamente—, pero mi madre siempre me dice que no coja más de dos.

La anciana le sonrió como muestra de aprobación y puso el resto de las galletas sobre la mesa de donde se podían coger fácilmente con la mano. Después de todo, pensó, aquel niño tenía modales. Se relajó y le acarició la mano, mientras recordaba haberles dicho lo mismo a sus hijos.

El niño le dio un bocado a una de las galletas y le sonrió con confianza.

—¿Sabes que hueles mal? —le espetó—. Hueles como si estuvieses medio muerta ya, y pareces un lagarto viejo. Sí, eso pareces, eres el viejo lagarto Lishmun.
La anciana soltó la mano del niño como si lo que hubiese estado sosteniendo fuera una cerilla usada que hubiese vuelto a prender de repente. El niño le dio otro bocado a su galleta, y se la tragó con un poco de leche, mientras tanto la anciana lo miraba sin dar crédito.

—¿Por qué tienes una mano tan rara? —volvió a preguntar el niño, que comparaba su palma rosadita y la mano arrugada de la anciana con las yemas amarillentas y las azuladas uñas irregulares.

—Y parece que se te va a caer la piel —añadió dando otro bocado—. Seguro que, si estiro muy fuerte, te la podría arrancar y luego me podría hacer un tambor con ella y tocarlo con uno de tus viejos huesos.

El niño se acabó la galleta y dirigió su mano al plato para coger otra, mientras las migas de las anteriores caían sobre la impoluta alfombra.

—Ojalá te mueras pronto, para que te entierren y te coman los gusanos, y…

—¡Basta ya, basta ya! —gritó la anciana acomodándose con debilidad en el sofá.

—Cariño, no debes decir esas cosas, no debes hacerlo, no —balbució, aturdida del espanto que le producía la situación, mientras lo miraba empezar otra galleta. El niño la miraba a su vez con interés, asustado y complacido por el efecto que habían surtido sus palabras.

La anciana se levantó del sofá de súbito y se acercó a la repisa de la chimenea. Se quedó ahí parada unos instantes, sintiendo la penetrante mirada del niño en cada movimiento. Entonces, cogió una de las fotografías que había allí para acercársela al sofá. Mientras volvía mirando al suelo, apretaba la fotografía contra el pecho, intentaba evitar la insensible curiosidad con la que la miraba el niño. Cuando llegó, la anciana se sentó con cuidado a su lado.

—Mira —musitó mientras sujetaba con ternura entre las manos la fotografía en su marco de plata—. En esta fotografía estamos mi marido y yo cuando nos casamos.

Le acercó el marco para que la pudiese ver con claridad. El niño miró la foto aburrido y de repente le dio un manotazo. La fotografía salió despedida de las manos de la anciana y cayó al suelo haciendo un ruido amortiguado contra la alfombra. Del golpe, el cristal se resquebrajó por una esquina y surcó de pequeñas líneas las dos caras que mostraba la fotografía.

—No has sido joven nunca —aseguró el niño y le hizo una mueca a la anciana y comenzó a canturrear sacando la lengua—. ¡Vieja lagarto Lishmun!
El niño golpeó con el pie la fotografía, miró a la anciana por el rabillo del ojo y le dio otro bocado a la galleta mientras esperaba a que le dijera algo.

Ella lo miró con recelo y se levantó con las piernas tan temblorosas que tuvo que agarrarse al sofá un momento hasta poder mantener en equilibrio. Se agachó lentamente para no forzar la espalda demasiado, recogió la fotografía del suelo y se levantó mirando el cristal hecho añicos. Con la ayuda de la manga de su vestido lo limpió con cuidado, atravesó la habitación y lo colocó de nuevo sobre la repisa de la chimenea. Mientras regresaba al sofá, decidió no volver a mirar la fotografía.

—¿Por qué eres tan fea? —preguntó el niño—. No había visto nunca a nadie tan feo. Mi mamá es guapa, tiene el pelo castaño y largo y se hace rizos. Seguro que no hay nadie tan feo como tú. Tú casi no tienes pelo y está gris. Es como si tuvieras un chichón. Seguro que te lo puedo arrancar. Si te lo arranco, se llenaría todo de sangre.

El niño paró y miró a la anciana.

—Creo que te lo voy a arrancar todo —dijo el niño mientras dirigía instintivamente la mano hacia la cabeza de la anciana riéndose encantado y sacándole la lengua otra vez.

—Vamos fuera —le dijo la anciana con el mismo ápice de esperanza en la voz que cuando le pidió que entrase, y prosiguió diciendo con algo de orgullo— te voy a enseñar mis flores. Siempre he tenido mano con ellas y son muy bonitas, las riego y les quito las malas hierbas todos los días.

La anciana le sonrió y recordó un poema que había leído una vez en el que se comparaba el alma de los niños con las flores. El alma de este niño, pensó la anciana, debía ser como una flor rara de encontrar, difícil de cultivar, pero bellísima al florecer. La anciana miró su rosada carita y le volvió a sonreír, intentando acordarse de lo que decía aquel poema, porque le parecía muy acertado.

—Mis flores son lo que más me gusta en el mundo —explicaba la anciana mientras salían de la casa.

Condujo al niño hasta el lado de la casa en el que tenía un gran arriate de flores muy cuidadas.

—¿A que son bonitas? —exclamó entusiasmada con voz alegre, mirando sus flores con orgullo y esperando que al niño le gustaran.

—La gente que pasa se para para decirme lo bonitas que son y me pregunta de dónde saco el tiempo para cuidarlas así.

El niño miró las flores impasible y le espetó:

—¿Vas a seguir viviendo aquí?

La anciana asintió en silencio deseando que el niño dijese algo sobre las flores, o quizás que se marchase ya.

—No me gustas. ¿Por qué no te mudas o te mueres? Si vas a seguir viviendo aquí entonces tampoco me gusta la casa.

De repente el niño se alejó y se agachó, agarró un manojo de flores y las arrancó de cuajo dejando a la vista las blanquecinas raíces entre la tierra que llevaban. Tiró las flores bocabajo tras de sí en el césped esparciendo trozos de tierra por doquier.

La anciana se quedó de piedra y se fue hacia el niño con sus temblorosas piernas blancas de venas azuladas.

—¡Para ya! —dijo con un tono entre la súplica y la orden—. ¡Para ya!

El niño la miró, se puso recto y dio un paso atrás sosteniendo aún otro manojo de flores en la mano. Se observaban el uno frente al otro. El niño la miraba con calma sin saber qué hacer a continuación, cuando escuchó una voz familiar llamándolo.

—¡Ronnie! —llamaba la voz con insistencia—. ¡Venga, Rooon-nie!

—Es mi madre —dijo mientras se alejaba poco a poco de la muda figura que tenía delante. Se giró, tiró el manojo de tierra y flores hacia la inmóvil anciana, y se fue corriendo por el césped en dirección a la calle.

La anciana miró su arriate destrozado un momento, se dio la vuelta y comenzó a subir la escalera del porche parándose en cada escalón para tomar resuello y encarar el siguiente. Se quedó parada unos instantes en el último y luego se acomodó en la vieja mecedora. Comenzó a balancearse suavemente y mientras lo hacía, de debajo de sus arrugados párpados lentamente comenzaron a brotar sendas lágrimas.

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Lenore Kandel [Nueva York, 1932 – San Francisco, 2009] poeta perteneciente a la Generación Beat. Sus primeras publicaciones de poesía fueron los chapbooks o folletines An Exquisite Navel, A Passing Dragon, A Passing Dragon Seen Again, todos de 1959. En 1966 aparece su censurado y a la vez celebrado The Love Book, al que le siguió Word Alchemy, un año después. Tras un accidente de motocicleta en 1970, cuyas dolorosas secuelas la acompañaron hasta su muerte, continuó escribiendo poesía sin dejar nunca de lado su activismo y compromiso social. En 2012 North Atlantic Books publicó sus Collected Poems, cuyo prefacio fue escrito por la también poeta beatnik y gran amiga Diane di Prima.