La felicidad sería sentir una alondra | Lorna Shaughnessy

Las escasas lluvias del invierno no bastan
para desbordar la cuenca caliza de Carran.
Sin cisnes este año, una bandada de estorninos
se eleva como el trazo de un calígrafo.

El lago está vacío, pero mi copa llena
de regalos para conmemorar otro año:
unas manos firmes al volante,
el sol amarillo de una tarta recién hecha.

La nueva estación llega en la estela de la muerte,
discreta y de puntillas detrás de los dolientes.
Sin lluvia, hielo o nieve, solo el silente empuje
de los brotes blancos, inadvertidos hasta hoy.

The Limestone Bowl

No podría decir
que me sentí como un milagro andante
cuando nos dirigimos hacia el sur
el primer día de primavera.

La nieve en el Burren
dilataba las rocas enjutas,
tapiaba las oquedades de los muros
para que el aire no las atravesase
y el valle se hundía aún más
en un silencio contenido.

Tres cisnes cruzaron el lago
en un vuelo oneroso,
el graznido y resuello del ascenso
no resonaron en la piedra alfombrada.

No fui al pozo
en busca de más milagros
que los que se habían obrado:
la desaparición conjurada
por la mano del cirujano,
la magia venenosa
enroscada en la copa.

Fui para dejar flores,
sacar agua y escuchar su canción,
acercarme a la chimenea,
oír palabras recitadas,
versos familiares cantados
y recordar voces ausentes.

Para dar las gracias
al final de un largo año
de días en los que odiaba
tener que estar agradecida.

En esa mañana de doble cara
pude echar la vista atrás,
a mis huellas ensangrentadas,
y las vi cubiertas de nieve,
antes de enfrentarme a la página en blanco.

Carran

Una guirnalda de cantos alrededor de tu cama,
petirrojo, mirlo, pinzón y reyezuelo.

La alondra se elevará antes que el sol,
para alzarlo en la hebra que ovilla
con hilos de cielo y viento.

Disparada como una flecha desde tierra
se detiene en lo alto, un sonido incorpóreo
que cuelga en el aire entre corcheas y trinos.

No hay humo en el hogar de la alondra,
ningún fuego delata su paradero
solo un lecho de hierba y pelo bajo los pies.

Anda con cuidado durante día,
los huevos de la alondra son presa fácil
para las ratas hambrientas y las botas.

Su única defensa es su canto al sol,
temblor en la garganta y vibración en los pulmones
cuando el halcón revolotea con las garras preparadas.

Escucha: la noche tiene su propia cadencia,
el silbido y traqueteo de los trenes distantes
un sonido de teclas en la brisa suave.

Una guirnalda de cantos alrededor de tu cama,
petirrojo, mirlo, pinzón y reyezuelo.

La alondra se elevará antes que el sol,
para alzarlo en la hebra que ovilla.
Duérmete y despierta con esta canción.

Sky Lullaby

               The skylark lifts its song so high
We forget how hard it is to die.
Gabriela Mistral
Se le ocurrió que la felicidad sería sentir una alondra
que se elevara desde el fondo del estómago a la cabeza,
para estallar en una canción que solo ella reconociese.

Que su corazón era un huerto vallado
atendido por las jardineras Prudencia, Constancia y Fe,
pero su vida se parecía más a una turbera en la colina
y sus gentes, huevos de aves cantoras en el suelo,
invisibles al ojo humano, aunque totalmente expuestos.

Que en las relaciones lo importante era elegir los pasos
por esa turbera sin molestar nido alguno
y que la posibilidad de ser feliz dependía en cierto modo
de una cercanía con la fragilidad
que solo se da en la naturaleza;

como los huevos de la alondra, era algo
inasible, algo que romperá el cascarón
eternamente.

Walking the Bog Road

Hoy no puedo enfrentarme a los espacios abiertos
ni a los molinos de viento de la colina.
Sus aspas lanzan continuas señales de alarma,
nos recuerdan que nuestra vida enlazará
desde lo primero y más arduo que hagamos,
hasta lo último.

No puedo soportar el verde crujido
de los nuevos brotes o el canto fanático de la alondra,
esa desesperada negación de su acelerado deterioro
y temo los afilados dientes y garras,
ver otro pájaro en las fauces del gato.

Necesito pasear en un lugar concurrido,
consolarme con los comercios veniales,
cuyas brillantes superficies no revelan
la insidiosa verdad bajo la ropa,
que todos somos supervivientes, de momento,
del ataque decretado al cuerpo.

Venial

Uno de febrero: la membrana del tiempo
es tan fina que rezuma recuerdos.

Al igual que la temporada, el cuerpo se estira hacia
una luz apenas visible, se esfuerza por encontrar

algo solido a lo que aferrarse.
Una juncia valdrá, no necesariamente en el remate,

una hoja de hierba, incluso una hebra
puede ser la primera en un tejido

que alumbre un estampado multicolor
con lenguas llameantes de fuego zoroastrico

cuando las manos revolotean como alciones en el telar
y la alfombra palpita mientras crece.

The Turn in the Year

               para Kathleen Reilly
Algunas mañanas no conseguía abandonar las alondras
y se quedaba en los campos cuando sonaba la campana,
después iba hacia el colegio atravesando jacintos, primaveras
y la cerca del vecino en la que su hermana había dejado una piedra
para avisarle de que ya se habían ido.

Hasta que no veía las ventanas de la escuela
no le calaba hasta los huesos el miedo a las consecuencias.
Al carecer de malicia, confesaba directamente que
se había retrasado en el prado para oír las alondras,
no había otra forma de expresarlo ni nada más que decir.

El silencio que provocaba su confesión era largo,
demasiado largo para que lo entendiera. La profesora se quitaba las gafas,
miraba por la ventana el cielo que respiraba
como intentando recordar lo que había dejado allí,
después, sin que apenas se le oyera, decía: «Venga, siéntate».

Dallying


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Lorna Shaughnessy es poeta, traductora y editora. Ha publicado cinco poemarios, el más reciente es Lark Water (Salmon Poetry, 2021). Ha traducido cuatro colecciones de poesía mexicana y española y ha coeditado A Different Eden. Ecopoetry from Ireland and Galicia (Dedalus, 2021). Es, asimismo, editora fundadora de Macha Press. Sus poemas han sido adaptados para el teatro y el cine. Website de la autora: https://lornashaughnessy.com