Sanar la herida. Poesía 1983-2025, de Alfredo Saldaña | Sonia San Román

La edición de Sanar la herida. Poesía 1983-2025 supone un acontecimiento literario de primer orden. Esta compilación de poemas del profesor, crítico y poeta Alfredo Saldaña permite por primera vez una importante lectura de conjunto de una trayectoria de más de cuatro décadas. El trabajo del también escritor, profesor y crítico literario Nacho Escuín pone en valor un itinerario poético sólido, sostenido y de afilada conciencia ética y filosófica. La edición culmina con seis poemas extraídos de Impermanencias, un poemario aún inédito que no solo prolonga el imaginario del autor, sino que lo sintetiza y lo eleva a un nivel radical de depuración formal y conceptual.

Desde los primeros libros hasta Impermanencias, la herida es uno de los grandes núcleos simbólicos de la poética de Saldaña. No como simple trauma individual, sino como marca conceptual, política y discursiva: sanar la herida no implica cicatrizarla, sino nombrarla, mantenerla abierta como espacio de resistencia. En esta poética, la herida es el lugar de una sensibilidad desgarrada ante la injusticia, pero también el punto desde el que se puede articular una palabra con potencia transformadora. Es la herida de los cuerpos sociales (los marginales, los excluidos, los vencidos), pero también la herida del lenguaje: su fisura, su incapacidad para nombrar el todo. «El poema entonces —escribe Saldaña en su poema “Poética”— quiere únicamente sanar la herida de una existencia disociada de su voz».

La poesía de Saldaña no habla desde un centro simbólico. Se sitúa en los márgenes por una cuestión ética y política. Decide desdibujar su voz para que lo dicho refleje todo aquello que queda fuera del relato dominante. De ahí su interés por los cuerpos desplazados, por los espacios intermedios, por lo residual. En Impermanencias, por ejemplo, esta poética alcanza una formulación más abstracta pero igualmente política: «¿Qué palabra a punto de encarnarse en otro cuerpo es ya esposa callada del silencio?». La enunciación poética se da desde un lugar liminal donde la palabra aún no ha sido completamente atrapada por el poder.

La voz poética de Saldaña tiende a disolverse. Hay un progresivo intento de eliminación del yo lírico en favor de una voz impersonal, casi coral, que habla por y desde lo colectivo. Eso no elimina su voluntad de estilo, pero sí amplifica su voluntad de escucha. En muchos poemas, los enunciados aparecen despojados de referentes personales, en una forma de neutralidad expresiva que alude a una experiencia compartida. En su poema "Cita en la frontera" escribe: «Alguien pone la voz para que alguien la escuche: / son dos extraños que se encaminan al encuentro de sí mismos». Esta escritura desubjetivada constituye una reivindicación de la poesía como espacio de intervención crítica.

Uno de los rasgos formales más distintivos de los poemas de Saldaña es el uso insistente del infinitivo. No se trata tan solo de un recurso gramatical, sino de una elección estética y ética. El infinitivo elimina la marca personal del verbo y también lo despoja del tiempo por lo que lo convierte en acción potencial. Esta forma verbal suspendida se corresponde con una concepción de la poesía tanto como pensamiento en germinación como acción en proceso. Sirva como ejemplo su poema "Punzar":
Ahondar, picar, traspasar,
generar bajo el torrente
un surco por el que discurra
indomable el pensamiento,
provocar sin pretenderlo
un acontecimiento
que consista en disolverse
por los sumideros de la historia
para explorar lo que hay al otro lado de
la cruz,
la piedra negra
y el muro de los lamentos.

El infinitivo actúa como mandamiento laico, como consigna que apela al lector. No se trata de describir una acción pasada o futura ni de remitir a lo personal, sino de inclinarse hacia lo colectivo y sostener su latencia.

A lo largo de la obra de Alfredo Saldaña, los elementos primordiales —tierra, agua, fuego y aire— no solo comparecen como parte del paisaje que sustenta la experiencia poética, sino también como metáforas esenciales que modelan su pensamiento. Su aparición no es ornamental, sino simbólica: están cargados de sentido y vertebran muchas veces la reflexión existencial que atraviesa los textos.

La tierra, por ejemplo, aparece como sustrato de la memoria, pero también como herida, materia y ofrenda. En los poemas de Saldaña, aparece cargada de significaciones simbólicas que transitan entre lo corporal, lo sacrificial y lo telúrico. Lejos de ser solo una superficie fértil o acogedora, la tierra se configura como un espacio oscuro, una matriz de violencia y revelación, un territorio donde el dolor, la culpa y la memoria encuentran su sedimentación. En el poema "En el valle de la desolación" dice:
quién es el cruel,
el verdugo, el que en la oscuridad de la tierra
ofrece su tributo de sangre y horror
a los castrados.

Ahí la tierra se vincula con el sacrificio ritual y la violencia ancestral. Es un lugar subterráneo, primitivo, casi infernal, donde se depositan los actos más atroces como una ofrenda perversa, evocando resonancias bíblicas y sacrificiales. En el mismo poema escribe:
¿Es mi alma una piedra, una herida lacerada
y sofocante, una lengua que lame y sorbe
la sangre, los despojos y las lágrimas
de tu espíritu en este cáliz sucio y hondo
en el que yo ahora me vierto?

Ahí la tierra es también piedra y copa, una imagen que connota dureza, sufrimiento y profundidad. Se convierte en una metáfora del cuerpo o del alma como receptáculo de lo inmundo y lo desgarrado, donde el hablante se vierte como quien derrama su identidad y su culpa sobre una superficie que absorbe sin redención. La piedra —símbolo de lo mineral, lo inmóvil, lo resistente— es al mismo tiempo carne metafísica.

Finalmente, en su poema "Aloe purpurea laevis" leemos el verso «hay hombres amables en el centro cárnico de las rocas» con el que Saldaña vuelve a dar carne a la tierra, transmutándola en cuerpo latente. La roca ya no es solo mineral, sino centro cárnico, un corazón oculto de humanidad o de sufrimiento contenido. La tierra se vuelve así territorio interior, testigo mudo de las transformaciones humanas, y al mismo tiempo espejo del terror, que se expresa como «una copa vacía»: un símbolo de la pérdida absoluta de sentido, donde el vacío sustituye a la presencia. En conjunto, el elemento tierra en estos poemas no alude al arraigo ni a la estabilidad, sino al desecho, al sacrificio, a la memoria petrificada de lo humano en su dimensión más dolorosa. Es materia herida, grito silente, y a la vez, escenario final de toda forma de vida.

El agua, por su parte, como podemos ver en su poema titulado "El río del discurso", establece una tensión entre lo escrito y lo que la lectura hace con ello: lo reinterpreta, lo hace fluir, lo modifica, incluso lo ahoga. El agua no es solo movimiento, sino un agente que borra o diluye certezas. La lectura es una fuerza líquida que impone su devenir al dictado fijo del autor. El valor está en la impermanencia del sentido, en cómo las palabras adquieren significado al moverse, no al quedarse quietas. También hay una disolución del control autoral: el texto ya no es de quien lo escribe, sino de quien lo lee. A esta noción de lectura como corriente líquida que reinterpreta y diluye lo fijo, se suman otras imágenes acuáticas que refuerzan el carácter simbólico del agua como vehículo del deseo, la pérdida y la imposibilidad de retención. En "La traición del lenguaje", el verso «Memoria y deseo, fuente y desembocadura, escritura de agua» condensa el carácter paradójico del agua como origen y final, como tránsito inasible en el que se disuelven tanto la identidad como la experiencia. La metáfora de una escritura de agua alude a la fragilidad del lenguaje, su inutilidad para fijar un sentido estable o permanente y conecta con la idea de una voz o una cadena de voces sin sonido: el lenguaje deviene eco, un flujo que no logra contener ni comunicar del todo la magnitud del dolor o la tristeza. Del mismo modo, en "La Educación del Olvido", la sed se convierte en un deseo que no puede calmarse porque el agua —mirada lejana, ensoñación amorosa o pérdida irreparable— no está al alcance: «¿cómo calmar la sed de esta derrota?». Aquí el agua aparece como algo contemplado pero inaccesible, cargado de belleza y de muerte: «los ojos sin pupila del agua, / los muertos perfectos de mis escenografías», reforzando su papel como superficie de proyección simbólica y emocional. Finalmente, en "Vida", el agua subterránea, encerrada en el pozo, representa lo oculto del lenguaje, lo que brota, pero permanece aislado, lo que se enuncia sin interlocutor: «palabras que han brotado / para estar solas». Así, el agua no solo fluye, sino que también se hunde, se esconde, se convierte en abismo. Es origen, pero también pérdida, silencio, sed. A través de estas imágenes, la poesía construye una reflexión sobre la impotencia del lenguaje para contener el dolor y el deseo, y al mismo tiempo, sobre su belleza melancólica, líquida e inevitable.

En la poesía de Alfredo Saldaña, el fuego se presenta como un elemento ambivalente, asociado tanto a la purificación como a la destrucción, a la memoria, al legado, e incluso a una cierta dimensión espiritual o metafísica. En los versos de su poema "Intra tua vulnera" que dicen «la imagen de mi cráneo de bronce / se disuelve en el fuego purificador de una amable condena, / […] / Aquí yace mi palabra» el fuego aparece como fuerza transformadora, capaz de disolver la materia, y con ello, quizás, de borrar la identidad o lo físico (el «cráneo de bronce») para dejar paso a lo intangible (la palabra, el eco, el legado). La expresión «fuego purificador de una amable condena» sugiere la aceptación de una destrucción necesaria, una especie de tránsito hacia otro plano. El fuego aquí es rito de paso, pero también escenario último, un lugar en el que lo dicho o escrito resiste el olvido.

En su poema "La tierra quemada" escribe: «¿quién avivará el fuego en las mañanas de invierno?, / ¿quién dará testimonio con su palabra?», conectando el fuego con la intimidad, la calidez y la necesidad de la memoria. Avivar el fuego es, simbólicamente, mantener viva la experiencia, la palabra, el testimonio. Aquí el fuego se asocia al cuidado, al abrigo, a la persistencia del sentido en tiempos de devastación. O en su poema "Caminar", donde dice:
y ser al calor del fuego
uno más junto a los muertos.
Así, como el humo y la ceniza
que acarrean los restos
de lo que fuimos.

El fuego tiene una dimensión fúnebre y ritual, que acompaña el tránsito hacia lo que ya no somos. Convertirse en ceniza y humo es aceptar la disolución del yo en la colectividad de los desaparecidos. La combustión aquí no es solamente física, sino simbólica, unirse a los muertos en el calor compartido del recuerdo o de la desaparición.

Finalmente, el aire aparece como un elemento intangible y esencial, vinculado tanto al aliento creador como a la fragilidad del lenguaje y la memoria. Su presencia sostiene la estructura profunda del poema como sustancia que transporta la palabra y la desdibuja al mismo tiempo. En su poema "Poética" los versos «La voz de las montañas o el grito desgarrado de los valles / más profundos. El poderoso ritmo o su contraste / y la cadencia que sostiene un verso en la piel / como leve aire de paloma, la música y el tiempo», asocian el aire con el ritmo poético que roza la epidermis del lenguaje, un sonido apenas perceptible, comparable al batir suave de unas alas. Es esa música interna del verso la que sostiene el sentido en equilibrio, sin necesidad de imponerse con fuerza, como un soplo vital que recorre el poema.

Por otra parte, en el poema "IV" perteneciente a su libro inédito Impermanencias, los versos que dicen «Es el comienzo y el final, un hiato que acuna el vientre del mundo, el rastro escondido de un abecedario sellado sobre la piel del aire que el viento sin proponérselo borrará» profundizan en la condición efímera de la palabra, escrita sobre un soporte inestable. El abecedario que se graba sobre el aire remite a la imposibilidad de fijar el sentido, a una escritura destinada a borrarse, no por voluntad sino por la inercia del tiempo: el viento como agente involuntario de la desaparición. El aire en Saldaña es, así, intervalo y frontera. Un lugar donde la voz encuentra cuerpo para luego disiparse. Lo poético ocurre entre la inscripción y la disolución, donde el lenguaje es al mismo tiempo construcción y huella, presencia que se esfuma. El aire, por tanto, se convierte en metáfora de lo indecible, del murmullo que queda tras la palabra, del poema que se sostiene en su precaria respiración.

La materia en los poemas de Saldaña está viva, es conflictiva, y dialoga con la experiencia humana desde un lugar profundo. Al integrar los elementos en su poética, el autor no solo convoca una dimensión simbólica ancestral, sino que arraiga su palabra en un mundo físico, tangible, donde el pensamiento no flota sino que pisa, quema, moja y respira. O como él mismo afirma en su poema "La traición del lenguaje":
Intuir al fin que somos las voces que nos nombran, el eco
de una voz o su débil resonancia en un espacio perdido,
el aire y la tierra, el agua y el fuego,
todo lo que nuestros nombres son para sugerirnos nada.

Sanar la herida no es un libro que se clausure en sí mismo, sino un organismo abierto, una escritura en tránsito que atraviesa los cuerpos y los discursos de nuestro tiempo. La voz de Alfredo Saldaña no se alza, sino que se encarna en lo pequeño, en lo invisible, en lo marginal. Este volumen de poemas nos recuerda que la palabra probablemente ni sana ni quizá deba terminar de curar, pero lo que sí puede hacer es sostener, nombrar, acompañar y señalar como dice Nacho Escuín en el prólogo: «sin pensar en la derrota o en salir derrotado de ella, sin reblar». Y decir esto, en estos tiempos de ruido y dispersión, es un gesto profundamente político.

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Sonia San Román [Villamediana de Iregua / España, 1976] es licenciada en Filología Hispánica, máster en Estudios Avanzados en Humanidades (especialidad en Estudios Hispánicos) y doctoranda en poesía española contemporánea. Escritora y profesora de Lengua y Literatura, ha desarrollado su trayectoria entre la creación y la crítica literarias. Es autora de ocho libros de poesía, entre ellos La barrera del frío, galardonado con el Premio Ateneo Riojano en 2018. En el ámbito narrativo fue finalista del Premio Cosecha Eñe (2015). Forma parte del consejo editorial de Ediciones del 4 de agosto, con quienes colabora tanto en la organización del festival Agosto Clandestino como en la edición de antologías poéticas dedicadas, entre otros, a José Hierro o Gloria Fuertes. Su obra transita con frecuencia el diálogo interdisciplinar: ha trabajado junto a músicos, fotógrafos y artistas plásticos y ha participado en festivales literarios y publicaciones colectivas tanto en España como en América Latina. En 2025 ha sido responsable del estudio introductorio de la poesía reunida de Eva Vaz, publicada por la editorial andaluza Garvm, ha publicado también su nuevo poemario Esa pequeña víbora disfrazada de diosa con Ediciones del 4 de agosto y en la primavera de 2026 tiene prevista la publicación de su primera novela.