Pequeña luz dentro del prodigio | Daniel Faria

PODRÍA HABER ESCRITO el temblor de respirar tan lejos
Haber escrito con sangre
También podría haber escrito las visiones
Si los ojos divididos en partes no sobrasen
En el vacío de la ceguera
Y luz.
Podría haber escrito lo que sé
del futuro y de ti
y de haber visto en el desierto
el silencio, el fuego y el diluvio.
De dormir lleno de sed y podría
Escribir
El interior del reposo
Y ser la chispa donde la muerte vive
Y la vida se rompe.
Y podría haber escrito mi nombre en tu nombre
Porque me alimento de tu boca
Y en la palabra me sustento en ti.

inédito

PRECISABA HABLARTE al oído
De mantener sobre la rueda del silencio
La escritura.
Precisaba de tus rodillas. De tu puerta abierta.
De la indigencia. Y de la fatiga.
De tu sombra sobre mi sombra
De tu casa.
Y del suelo.

inédito

SOY GEMELO DE MÍ y todo
Lo que soy es
Distancia.
Estoy sentado sobre mis rodillas
Separado.
Aquello que une
Es un rumor
No descanso. Soy urgencia
De otro sitio. Y podría velarme
Lejos
De los hombres como si en ellos
Me adormeciera

inédito

DEJO EL CUERPO A LA SOMBRA de la flor más alta
Alrededor de una lámpara
Apagada. Enciendo la muerte.
Soy una plomada, una nube
Que pasa
Una casa abierta y cerrada.

inédito

LA MAÑANA MUEVE LA PIEDRA sin raíz
Su reposo de árbol en flor
Cualquier astro es menos que el reposo
De una piedra en flor.

inédito

Ni sucesivas y sucesivas migraciones de aves
Salvarán la distancia que ahora nos separa
Mas esta nave no me llevará a casa
Y seguirte no será morir

Aquiles e Pátroclo

No volveré a separar 
Las aves —el canto y las alas—
Para encontrar el peso exacto
Del cuerpo que se eleva

No volveré hacia las olas
Ni al cabello ondulado de mujer
Voy a construir el laberinto para la muerte
Acostar el cuerpo sobre el suelo para morir.

Labirinto I

La madeja se envuelve y gira en la mano cerrada
En su silencio de cosa destruida
Como corola abierta sin pétalos
Boca, herida, cráter
Círculo que resiste a la forma de la palabra

El tejido es movimiento que persiste
En su paciencia.
Como Ariadna cosiendo umbrales
Para que Teseo pueda venir de la nada.

Labirinto II

En la mitad del camino de nuestra vida
En la mitad del poema, había
Una piedra donde reclinar la cabeza.

La mujer caminaba en medio de los caminos
Por sobre el mundo tejiendo y destejiendo
Dos alas que el padre soldaba para el hijo.
En medio del hijo estaba el laberinto

Y el toro de Ariadna tirado por un hilo
Labrando
En el corazón tan manso de Teseo
A la mitad de la edad donde existe
La primera señal del solsticio.

Labirinto III

Carga el agua amotinada
En los ojos de Narciso, pequeño Sísifo,
Pequeña luciérnaga dentro del roquedal
Pequeña luz dentro del prodigio.
Rueda la semilla, se asienta en las terrazas
El viaje siempre repetido

De tanto rodar, la piedra es redonda
La vida

Pedra de Sísifo I

Ahora mediré el tiempo
Por la vara erguida al mediodía
Por la arena que desciende el corazón
Y el sueño

Por la ceniza en el cabello de Jacob
Por los palillos en el regazo de Penélope

Ahora, lavaré mi cara
Sin perturbar los círculos del agua
Mediré el tiempo por el peso de la piedra
De Sísifo, cerca de la cima
Y por el musgo que entorpece
La firmeza de sus pies

Partiré solo en este viaje
Sin ninguna piedra o camino repetido
Y en el tiempo que se repite encontraré una salida
Una mañana después de una mañana

Pedra de Sísifo II


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Daniel Faria [Baltar / Portugal, 1971 – Oporto, 1999] fue un poeta y monje portugués. Cursa teología en la Universidad católica, y Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Oporto. Mientras estudiaba Teología, publicó las obras Oxálida y A Casa dos Ceifeiros. Con el apoyo de la Fundación Manuel Leão, publicó Explicação das árvores e de outros animais; Homens que são como lugares mal situados y Dos Líquidos.